13 de diciembre de 2013

Pinchazo doloroso

Dices: “Siempre tienes que ir un paso más allá”.
Y tienes razón. Me encantaría conformarme con el paso que acabo de dar, parar, respirar hondo y disfrutar de las vistas desde aquí, pero siempre hay algo dentro de mí que me impulsa a querer ir más allá. Porque… ¿Y si un poco más lejos encuentro lo que busco? ¿Y si resulta que, efectivamente, todo es demasiado poco porque existe algo maravilloso más allá de la cima? ¿Cómo no voy a excederme? ¿Cómo me voy a arriesgar a perdérmelo? Por eso, a mi parecer, nunca nada es suficiente.
Aciertas con tus palabras como si clavases alfileres en motas de polvo. Y ellas no pueden sangrar, pero el pinchazo les duele igualmente.

11 de diciembre de 2013

Días...

Días en los que recurre a ciertas notas mentales que tomó hace años.
Días en los que se busca entre huidas.
Días en los que recuerda decisiones de hace tiempo y que le gustaría haber llevado a cabo.
Días en los que repite por enésima vez que “se acabaron las taquicardias absurdas, las decepciones y los desplantes” y que “nunca más”.
Días que se escuda en heridas que se reabren.
Días negros, o rojos (como decía Holly).
Días de arrepentimiento y reintento de despedidas.
Días que, en contra de su deseo, se vuelven a repetir.

Ella cree que si existen esos días… significa que no hay progreso. Pero también cree que si cierra los ojos la realidad desaparece, que la música es un salvavidas, y que no existen suficientes palabras. Así que… ¿qué sabrá ella?

14 de noviembre de 2013

Arrematos de amor a la vida

Llega un punto en el que crees que el dolor te ha enseñado todas las lecciones posibles y que no te puede aportar nada más. Pero, como casi siempre, estaba equivocada. Estas dos últimas semanas han sido algo difíciles, y sin embargo, he aprendido. He aprendido que el mundo no se para por nada ni por nadie. He vuelto a comprobar que hay gente maravillosa que, efectivamente, merece la pena. He recordado que es mejor subirse en la montaña rusa que vagar por la llanura... He visto que la monotonía nos languidece y que la angustia nos corroe. La ausencia nos vacía y aleja, pero el amor nos llena. La resignación y la desidia van de la mano hacia un estanque de aguas pantanosas, mientras que el inconformismo genera movimiento y cambio. Seguir el camino es aburrido y cobarde, lo valiente es dejar nuestras huellas en mitad de la roca. Dar y ayudar, sobre todo mediante pequeños gestos, nos hace sentirnos realizados. Y querer... querer resulta más fácil que dejarse querer, pero esto último también es vital.
He aprendido a no olvidar lo que siempre he sabido... que merece la pena amar la vida sobre todas las cosas, vivir intensa, desgarradora, arrebatadoramente, dejando el aliento en cada segundo.

10 de octubre de 2013

Edución pública y de calidad ¿LOMCE?

Hoy es un día de luto para la educación pública y de calidad. La LOMCE no solo no es la solución educativa que necesita nuestro país, sino que supone dar varios pasos atrás a todos los derechos que conquistaron nuestros abuelos y padres. Valores como la universalidad de la enseñanza y la equidad se ven comprometidos "gracias" al nuevo modelo de educación diferenciada.
Y qué decir del aumento de un 10% de la ratio (ya elevada por el RD el año pasado), y de la supresión de asignaturas y áreas específicas (Tecnología, Ciencias del Mundo Contemporáneno, Cultura Clásica... se veran afectadas). Eso sí, se mantiene y se sigue financiando la asignatura de religión católica (todo aquel que no curse religión deberá cursar la asignatura de "valores", que a saber cuáles son)...
Que no nos engañen, esta ley parte de la premisa de que la calidad educativa debe medirse en función de los resultados de los estudiantes y no del nivel de inversión, del profesorado, de los centros... (de ahí que se reduzca la inversión educativa y reaparezcan las reválidas).
A continuación cito algunos fragmentos de la nueva ley que se definen por sí mismos: "El director del centro dispondrá de autonomía para(...) rechazar la incorporación de personal procedente de las listas centralizadas(...) proponer de forma motivada el nombramiento de profesores...". (Añado yo: dando lugar a la posibilidad de elección a dedo que tan buenos resultados da en este país...).
Ya termino, pero no porque quiera, si no porque el nivel de indignación al que estoy llegando a medida que leo la LOMCE me impide pensar con claridad, pero que sepáis que ahí no acaba todo. Me he dejado en el tintero gran parte de los desastres que se nos avecinan. Si quereis escandalizaros vosotros mismos, solo tenéis que leer el precioso preámbulo de la flamante nueva ley de educación (con eso ya os haréis una idea de lo que nos espera).
Y añado: la educación no debería estar supeditada al gobierno de turno ni a ningún partido político. Educación pública, universal, y de calidad, de todos para todos.

8 de octubre de 2013

Balancearse para echar a volar

Hay cierta conexión o complicidad entre los adultos que empujan un columpio, como si tener un niño al que empujar crease un vínculo entre ellos. Los parques están llenos de padres, madres, abuelos, niñeras… cuya única misión es elevar el columpio lo máximo posible.

Los adultos no se conocen, no saben nada unos de otros, pero se entienden, porque tienen algo en común, y es la determinación, el propósito, de que sus criaturas echen a volar. A veces, sin darse cuenta, las crían mal, como cuando las empujan sin enseñarlas a balancearse, o cuando convierten los gritos de ánimo en gritos a secas, presionando a las criaturas que aún no se atreven a volar solas. Pero llega un momento en el que el niño encuentra placer y felicidad en los altos vuelos, y termina suplicando a su adulto: ¡más alto, más alto!, y es que ningún niño quiere quedarse atrás; todos quieren ser los primeros, los mejores.

Y, por supuesto, a muchos adultos les gustaría que su niño sea el mejor, el que se eleve sobre los demás y alcance el éxito. Sin embargo, a pesar de ser adultos, lo único que pueden hacer es ponerse de puntillas y dar un último empujón al columpio, deseando y esperando que, finalmente, el niño eche a volar.

1 de octubre de 2013

Death and all his friends

I don't believe we’re born knowing how to love, and if we are, that stuff gets forgotten so early. The first time our cries are not answered, we switch from love to survival. However, survival is not easy, even when the basic tools are supplied, death can come unexpectedly, to anyone... at any time.

23 de septiembre de 2013

Estado de alarma

Alguien me enseñó una vez que cuando nos encontramos ante una situación de peligro, el cuerpo entra en estado de alarma, pudiendo responder de tres maneras distintas: luchando y enfrentándose al problema, escapando y huyendo de la situación amenazante, o quedándose paralizado.
A pesar de desear ser de aquellas personas que se quedan a luchar, muchas veces he creído que yo soy de las que huyen. Pero la vida me ha dejado paralizada en más de una ocasión, por lo que nunca he tenido clara mi posición al respecto. ¿Soy entonces una cobarde, una valiente, una insensata…? Cuestioné mis reacciones durante un tiempo, pero un día me di cuenta de que el objetivo principal de cualquiera de las tres opciones es el mismo: superar el peligro.
La elección de cómo sortear ese peligro responde a algo primitivo, visceral y automático. Lo importante no es de dónde surge ese reflejo, sino a dónde nos lleva. Tendemos a ensalzar la lucha, como si invariablemente condujese a la victoria, pero huir no es siempre de cobardes, y luchar puede ser signo de insensatez en vez de valentía. Cada situación requiere su actuación particular a la hora de sortear el peligro. Es el subconsciente quien, en cuestión de milésimas de segundo, toma la decisión que (con suerte) nos salva.
El estado de alarma suele frenarse cuando el peligro desaparece y nos sentimos a salvo. Pero a veces, aunque el peligro desaparezca, por alguna razón, seguimos sin sentirnos a salvo. Es entonces cuando, inevitablemente, permanecemos alerta. De pronto somos incapaces de volver a nuestro estado de relajación. Se nos olvida lo que era la liberación y el desahogo, y por mucho que queramos, no sabemos volver atrás. Y es que una vez que se entra en estado alto de alarma, no resulta fácil salir. Resulta aventurado afirmar que sea posible volver a los mismos niveles de relajación y desinhibición que se tenían “antes de”, pero me consta que se puede acercarse bastante a ellos y rebajar el nivel de tensión. Eso sí, hace falta paciencia por parte de uno mismo y calidez de manos amigas que estén dispuestas a acogernos (de vez en cuando) entre ellas. De modo que gracias al tiempo y a las atenciones de los demás, la calma vuelve a surgir espontáneamente.

5 de agosto de 2013

Cuando menos te lo esperas (summer days)

Comienza la semana número 12 de mi verano universitario. Comienza también mi semana número 12 trabajando en Inglaterra sin parar. Entre trabajo y trabajo, entre viernes y lunes, o entre la cena y el crepúsculo, estoy teniendo tiempo para conocer gente y lugares maravillosos.
Es verano, pero aquí hay días que no lo parece. Nunca sabes si mañana será un día soleado y cálido o uno húmedo y gris. Nunca sabes con certeza qué nueva ciudad visitarás el fin de semana ni qué gente conocerás esta noche en el centro. No sabes cuantas personas os reuniréis para jugar el partido de baloncesto de los viernes, ni al lado de quién te sentarás en el próximo viaje en tren.
Es fascinante no saber, porque cuando menos te lo esperas, aparece. Aparece un día cálido. Aparece el rincón perfecto en el que sentarse a descansar a la orilla del río. Aparecen maravillosos compañeros de viaje e incluso 5 o 6 amigos de verdad. Aparece un viajero del tren con el que entablas una conversación de dos horas. Apareces en un pub tomando cerveza con decenas de personas que hacía unos días no conocías. Aparece un arco iris doble en mitad de un parque mientras juegas al baloncesto bajo la lluvia.
Cuando menos te lo esperas, aparece. Aparece el día en el que te das cuenta de que estás (física y emocionalmente) justo donde quieres estar.

PD. Feliz verano. (I still believe in summer days, even when it is raining).

8 de julio de 2013

Correspondencia en forma de carta

He descubierto otra gran pasión... ¡Escribir cartas!
Parece anticuado y cursi, pero... qué poco cuesta un sello en comparación con la alegría o ilusión que puede proporcionar recibir la carta/ postal.
Comprar un buen sobre y un bonito papel, dedicar un tiempo a pensar en una persona y en lo que la quieres decir, escribir a bolígrafo, eligir las palabras (sin poder borrarlas), ir a la oficina de correos, comprar un sello, y finalmente, echar la carta al buzón... Un proceso un poco más elaborado que el wassap, y con algo más de encanto...
Creo que voy a hacer mía esta costumbre inglesa.

31 de mayo de 2013

Adaptaciones

Hoy es mi día número 13 viviendo en el extranjero. La cosa surgió como una aventura y de momento parece que me quedaré aquí hasta finales de verano. He salido apresurada de mi hogar, mi ciudad, mi familia… mi zona de confort, y me he lanzado a vivir y trabajar en un país muy distinto al mío, conviviendo con una familia de costumbres contrapuestas.
Me gusta mucho la juventud porque en esta época somos muy moldeables y adaptables. Bastan tres días para cambiar rutinas y hacer tuyos hábitos que antes no lo eran. Durante la primera semana hubo un día en el que eché en falta a mis amigos, pero desde entonces no siento añoranza. Me estoy acostumbrando incluso a vivir sin el sol madrileño abrasador. Echo un vistazo atrás y no hay nada que quiera añadir a mi equipaje. Tengo más de lo que necesito, y me cabe en dos maletas y en un millón de sueños. Sueños que están empezando a hacerse realidad y que me llevan a comerme el mundo, maravillarme, extasiarme, conocer, aprender, crecer, ser independiente, libre, y... descubrirme plena, dichosa, en soledad
Es muy fácil marcharse cuando no hay nada que te retiene… Resulta extremadamente sencillo alejarse, separarse, desprenderse, olvidar…. Y no echar de menos. Así es, por primera vez en mi vida (y estando más lejos que nunca) no echo de menos a nada ni a nadie. ¿Egoísta? ¿Despegada? ¿Insensible?... ¿O tal vez consciente de que todo y todos somos prescindibles?

9 de mayo de 2013

El esplendor de las rosas (como tú)




Intento estudiar, de verdad que lo intento, pero levanto la vista de los apuntes y solo tengo ojos para la rosa que me regalaste en nuestra última despedida. Soy consciente de que si no llega a ser por la apuesta que hicimos, no me hubieses regalado la rosa. A ti esas cursiladas no te salen espontáneas. Detallismo cero. Lo sé, yo soy igual.
El caso es que cada vez que levanto la vista me parece ver que los pétalos de la rosa están más oscuros y sus hojas más caídas. Cada minuto que pasa, la rosa pierde parte de su dulce aroma. Nunca antes había reparado en la fugacidad del esplendor de las rosas. Dicen que si se las mima y cuida, pueden llegar a aguantar más de una semana. La mía tiene cuatro días y ya va camino de marchitarse. Me encantaría poder preservarla, que mantuviese su estado actual para siempre. Pero el paso del tiempo se hace más patente en su apariencia que en la nuestra.

Me resisto a pensar que el mismo tiempo que marchita la rosa, pueda marchitar nuestra amistad (que es la forma más sana de amarnos). Va a ser duro pasar, como mínimo, otros seis meses sin vernos. Resulta abismal el contraste entre tenerte y perderte. Es un dulce castigo haberte recuperado durante unas semanas para volver a verte desaparecer. Y sin embargo, aunque haya sido por poco tiempo, merece la pena haberte visto resplandecer. En unos días has mejorado mi vida notablemente, contagiándome tu brillo, tu ilusión… tu esplendor de rosa. Ese esplendor que se va a quedar aquí conmigo, aunque tú no estés y la rosa termine muriéndose (intentaré secarla para no perderla).
Voy a esforzarme en preservar tu característica alegría. Prometo que no permitiré que ningún océano de por medio te aparte de mí ni logre que yo deje de ser tu confidente y compañera de travesuras.
Acabo de mirar el reloj y he descubierto que son más de las cuatro de la mañana. Momento de irse a dormir. No me eches de menos, que en unos minutos nos reencontramos en mis sueños.

(Me despido susurrándote al oído… Sweetheart, everything's gonna be alright).

4 de mayo de 2013

Somos gotas

Si quisieras recuperarme lo lograrías fácilmente derramando gotas. Pueden ser gotas de llanto, pero también gotas de saliva, gotas de semen, gotas de sangre, gotas de felicidad…
Derramarías gotas y ahí estaría yo, recogiéndolas en frascos de pasión y bebiéndolas a sorbos largos y espaciados, saboreándolas como se saborea un café solo en una fría tarde de lluvia.
Bebería hasta tu amargura en forma de lágrimas (siempre y cuando las guardases para mí). Te besaría lágrima a lágrima hasta dejarte seco, y después te regaría de amor.
Si lo hicieses, si eligieses quererme, entonces habrías de superar tu miedo a las tormentas. Tendrías que aprender a no abrir el paraguas cuando llueva y, como hago yo, dejar que las gotas que caigan te empapen las mejillas, el cabello… y te limpien el corazón.

Pero si eligieses olvidarme, solo habrías de llevarme al mar. Iríamos en bote de remos hasta pleno mar abierto, y una vez allí, me lanzarías al agua, dejándome a la deriva. Te alejarías poco a poco, con precaución, atento de que mi fuerte oleaje no te hiciese naufragar.
Yo jugaría y coquetearía con las olas. Bucearía y observaría cómo se esconden peces de variopintos colores y tamaños entre algas, corales y rocas. La noche me sorprendería haciendo piruetas en el agua. Me tumbaría boca arriba, haciendo el muerto, y miraría las estrellas; contemplaría la inmensidad del firmamento desde el insignificante océano. Con los primeros rayos de sol empezaría a nadar a contracorriente, acercándome a la playa sin apenas darme cuenta. Gastaría todas mis energías en alcanzar la orilla, y una vez allí, exhausta, me tumbaría, mojada y plena, sobre la arena. Y llena de arena y sal amanecería en mi nuevo puerto conquistado.

Mientras tanto, tú seguirías navegando, incluso a pesar de tener el viento en contra (o precisamente por eso). Visitarías muchos puertos y terminarías encontrando el correcto. Llegarías a buen puerto con una sonrisa pintada en los ojos y sin el recuerdo de nuestras tormentas pasadas.
Y fluiríamos los dos en libertad, como fluye la vida, como fluyen las gotas…
Gotas que se juntan de vez en cuando, haciendo surgir manantiales, y que se separan de repente, alejándose unas de otras sin saber si volverán a encontrarse. Cada gota por su cuenta, libre, independiente y sola, sigue, a su ritmo, su camino. Y la única certeza que queda es que en algún momento (no se sabe cuándo, dónde, ni con quién) la gota volverá a estar acompañada… y surgirá otro manantial.

1 de abril de 2013

¿La vida es sueño?

Hace unos cuantos años, en el instituto, tuvimos que aprendernos 20 versos de "La vida es sueño" y recitarlos después ante los compañeros. Yo escogí las tres primeras estrofas que suceden. Bea las dos últimas. Nuestra idea era recitarlas seguidas, dando forma al discurso de Segismundo. Creo que la puesta en escena no fue tan espectacular como imaginábamos, pero doy fe que la selección del texto fue pormenorizada. Recuerdo llegar a casa y leerme la obra casi al completo buscando aquellos 20 versos que, a mi entender, expresasen más y mejor. A día de hoy no estoy segura de si di con ellos, pero al menos sigo recordando todas y cada una de las palabras de este fragmento de Calderón de la Barca:

LA VIDA ES SUEÑO - JORNADA III - ESCENA XIX

Es verdad; pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos;
y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe
y en cenizas le convierte
la muerte ¡desdicha fuerte!

¿Qué hay quien intente reinar
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí,
de estas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

(Pedro Calderón de la Barca, 1636-1673)

La temática de la obra es la de entender la vida como un sueño, un simple tránsito, y la muerte como el verdadero despertar de la vida autentica, la vida eterna. De modo que las circunstancias de la existencia humana pierden su valor y lo adquieren las pruebas que permiten el juicio divino de cada cual tras su muerte. (La formación jesuita de Calderón le llevó a asumir esta postura católica.)

Desde mi punto de vista, este pesimismo, casi existencialismo cristiano… Esta idea de que la vida es ficción y el mundo es un teatro de apariencias, es, cuanto menos, exagerada.

Calderón vivió en otra época y tuvo una educación muy distinta de la que (afortunadamente) podemos recibir nosotros. Su obra es innegablemente bella, pero a veces recurrimos a ella para caer en tópicos como “toda la vida es sueño” o “lo sueños, sueños son”.

La vida es mucho más que un sueño. De hecho, la vida está para vivirla. No es malo soñar despierto, pero sí olvidarse de vivir. Si nos refugiamos demasiado en el sueño, o en la ilusión del mismo, tal vez sea porque necesitemos ponernos manos a la obra y hacer realidad nuestros sueños.

24 de enero de 2013

Me falta tu arcoíris



Los que me habéis leído más y desde hace tiempo puede que recordéis que en alguna ocasión he hablado de mi abuelo. Él era maravilloso, y no lo digo porque sea su nieta. Fue bueno incluso cuando la  demencia senil y el alzhéimer le atacaron. Durante los últimos dos años perdió la cabeza completamente y, paulatinamente, dejó de saber quién era ni qué debía hacer. Al final del todo ya no se le iluminaba la mirada cuando nos veía a algún familiar o amigo; dejó de reconocernos. Finalmente llegó el cáncer de próstata y se acentuó su dependencia, relegándolo a la residencia de día y el resto del tiempo a la reclusión de un hogar que él no identificaba como propio.

Los últimos tiempos no fueron fáciles ni para él ni para mi abuela, quien sufría tremendamente con las locuras y los olvidos del abuelo. Sin embargo, él nunca dejó de quererla. Lo sé porque a la única a la que confiaba sus locas ideas seniles era a ella; porque pude comprobar, cuando dormí alguna vez en su casa, que mi abuelo, a pesar de los dolores que decían los médicos que sufría, apenas se quejó.

Hablo en pasado porque mi abuelo murió este verano. Una mañana veraniega especialmente calurosa le costó más de lo normal levantarse. Tardó 15 minutos en llegar  (con ayuda) de su cama a la cocina. Paso a paso, tropiezo tras tropiezo, logró alcanzar la mesa de desayuno e intentó coger la cuchara. El esfuerzo fue tan grande que gastó toda su energía en el intento. Mis tías me han dicho que no se quejó. Que simplemente, agotado, lograron arrastrarlo hasta el sofá y llamar a urgencias.

Tres horas más tarde estábamos toda la familia en la sala de espera del hospital. Mi abuelo ya estaba inconsciente y en urgencias solo dejaron entrar a sus hijos y esposa, así que el resto esperamos pacientemente. Como pareció estabilizarse le bajaron a Boxes y allí, los veintitantos descendientes que tiene mi abuelo, seguimos esperando. Hablamos de todo y de nada. Hicimos turnos. Y entramos a visitarle. Entrábamos de seis en seis porque no sabíamos cuánto tiempo le quedaba y queríamos despedirnos todos. Estaba lleno de tubos y vías, pero pude cogerle la mano y darle besos sin dejar de mirar  con cierta obsesión el indicador de saturación de oxígeno en la sangre. La segunda vez que entré había menos gente en la habitación y mi prima y yo, en la intimidad y la unión que proporciona la inminencia de la muerte, destapamos todos los recuerdos bonitos que teníamos con el abuelo. Le hablamos en voz alta y le dijimos todo lo que había conseguido en la vida. Le recordamos que él, junto con mi abuela, había educado, cuidado y amado a ocho hijos. Había dado vida y futuro a nada más ni menos que ocho personas, cada una de las cuales había salido adelante con más o menos acierto, pero con el mismo amor.

Pocas horas después, de madrugada, murió. Murió en silencio y sin quejarse. Murió tras luchar contra la muerte durante 14 largas horas.
Apenas recuerdo el tanatorio ni el funeral. Sí sé que había una ola de calor en toda la península, y todo lo que yo podía pensar era que el calor me ahogaba. También sé que la muerte me había pillado de paso por Burgos y ni siquiera tenía ropa para ponerme en el entierro. Mi prima me dejó un vestido negro de lunares blancos que llené de lágrimas y arrugas y un papel en el que escribí una dedicatoria post-mortem que leí en la capilla.
No recuerdo más de esos días ni quiero hacerlo, porque durante los últimos años he tenido demasiados recuerdos amargos de mi abuelo, y yo lo que quiero es desenterrar del olvido los buenos momentos. Descubro que me cuesta, que parecen muy lejanos… y solo a través de las fotografías hago memoria.

He saqueado los álbumes de fotos de mi madre, de mis tías, de mi abuela… Y he encontrado alguna pequeña maravilla que me devuelve a aquel tiempo, a aquel pueblo burgalés en el que pasé mis veranos de infancia y adolescencia.
Ahora sí, observando esa foto en la que el abuelo y yo aparecemos en la huerta, con sendos cubos de agua en la mano, delante de los tomates, puedo recordar el coraje, la constancia y el esfuerzo que dedicaba mi abuelo a todo lo que hacía. Una vez ya jubilado su gran pasión fue la huerta y allí pasamos momentos inolvidables (aunque a veces parezcan perderse entre los resquicios del tiempo).

Este verano, tras su muerte, volví al pueblo y el olor de la hierba alta, y las flores salvajes que inundaban la huerta (ya echada a perder) me devolvió a aquellos días en los que mi mayor ilusión era ayudarle a regar los tomates. El olor de los tomates también me ayuda a revivirle, pero hay un olor aún más poderoso que todos esos olores… y es el de su colonia.
Cuando conseguí mi primer trabajo le regalé una caja de colonia y jabón perfumado. No hace mucho, un día que fui a visitar a mi abuela, vi ese jabón en un estante del baño. Me lavé las manos tres veces con él y volví a los trece años. Juraría que volví a los trece años y que estaba en el pueblo, con el abuelo diciéndome que no bajase la cuesta de casa tan rápido en bici, que me iba a caer (como efectivamente hice).
Del jabón pasé a la colonia, pues su frasco todavía estaba allí. Me eché dos gotas diminutas en la muñeca izquierda, y con delicadeza acerqué la mano a mi nariz; inspiré profundamente y volví al pasado, esta vez a un pasado tan lejano que no pude acotarlo temporalmente. Yo era pequeña, muy pequeña, y llevaba un vestido y unas sandalias preciosas pero incómodas. Paseaba con los abuelos y mis padres, estábamos en algún lugar de la costa española (creo recordar), y yo correteaba entre mi padre y el abuelo. A veces cogía la mano de uno, a veces la del otro; era feliz entre aquellos dos hombres de mi vida. No sé cómo caí, pero caí. Si sé que el suelo estaba empedrado y me destrocé una de las dos rodillas. La memoria me trae a la mente imágenes del abuelo llevándome aúpa hasta una fuente y, con toda la suavidad que puede tener un anciano que ha trabajado media vida en el campo, me lavó la herida con agua. Puede que haya tergiversado ideas o recuerdos y las cosas no sucediesen así, pero de lo que sí estoy segura es de que me miró a los ojos y, a su manera, sin palabras, me dijo: “no pasa nada”, y yo le creí, me tranquilicé y supe que todo iba a ir bien.

Me falta tu arcoíris, abuelo. Aunque fueses a cumplir 90, seguías coloreando mi vida y te echo mucho de menos. Te quiero. Hasta la eternidad.