14 de noviembre de 2013

Arrematos de amor a la vida

Llega un punto en el que crees que el dolor te ha enseñado todas las lecciones posibles y que no te puede aportar nada más. Pero, como casi siempre, estaba equivocada. Estas dos últimas semanas han sido algo difíciles, y sin embargo, he aprendido. He aprendido que el mundo no se para por nada ni por nadie. He vuelto a comprobar que hay gente maravillosa que, efectivamente, merece la pena. He recordado que es mejor subirse en la montaña rusa que vagar por la llanura... He visto que la monotonía nos languidece y que la angustia nos corroe. La ausencia nos vacía y aleja, pero el amor nos llena. La resignación y la desidia van de la mano hacia un estanque de aguas pantanosas, mientras que el inconformismo genera movimiento y cambio. Seguir el camino es aburrido y cobarde, lo valiente es dejar nuestras huellas en mitad de la roca. Dar y ayudar, sobre todo mediante pequeños gestos, nos hace sentirnos realizados. Y querer... querer resulta más fácil que dejarse querer, pero esto último también es vital.
He aprendido a no olvidar lo que siempre he sabido... que merece la pena amar la vida sobre todas las cosas, vivir intensa, desgarradora, arrebatadoramente, dejando el aliento en cada segundo.

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