12 de enero de 2010

ÁNGEL

Después de 12 días sin escribir por la falta de tiempo y energías, no me esperaba por nada del mundo continuar el blog con la noticia más dura que jamás he recibido:
Ángel ha muerto. En un accidente de tráfico.
Llevo 48 horas en estado de shock evitando pensar en estas palabras pero ahora es cuando estoy empezando a comprender el alcance de las mismas.
Muerto. Ángel.
Ángel, para quien no lo sepa, era mi ángel de la guarda y la inspiración de mis post "La luna" y "Unos ojos diferentes".La persona que me abrió los ojos y me hizo darme cuenta de que tenía demasiados asuntos que resolver en "El cajón del ovido".
Tenemos, o teníamos (porque aún no me hago a la idea de no volver a verle) una amistad sincera y profunda. Una de esas que son tan escasas y están llenas de confianza mutua. Nuestros sentimientos iban mucho más allá del afecto. Nos queríamos.
Y él de repente, ya no está, y yo, estoy aquí, más sola que nunca, aporreando las teclas del ordenador y dejando escapar el dolor a través de las palabras: mi terapia particular.
Escarbo y escarbo en mi memoria y no recuerdo de qué hablamos en nuestra última conversación telefónica hace tres días. Lo más probable es que mis problemas monopolizasen nuestra charla (o al menos eso es lo que ha sucedido muy a menudo). Él, siempre atento y preocupado, me dedicaba palabras amables y, si estas no funcionaban, siempre tenía un chiste preparado con el que sacarme una sonrisa. Otras veces me contaba aventuras suyas y de su hermano y yo, pegada al teléfono, le escuchaba durante horas, reconfortada por el sonido de su voz: cálida y firme.
Ahora recuerdo la última vez que estuve con él. Vino a casa y se le ocurrió que era una buena idea ponernos a bailar en el salón. Yo, vergonzosa de mí, me hice de rogar pero, como siempre, él me persuadió y se salió con la suya. Por supuesto, era mejor bailarín que yo, pues de algo habían servido sus horas de discoteca pavoneándose delante de las chicas. Porque, indudablemente, era un Don Juan. Un Don Juan moderno y nada modesto, todo hay que decirlo.
Pues eso, que me he quedado sin Don Juan, sin pareja de baile y... lo más importante, sin amigo del alma. Que me deja un vacío muy grande imposible de llenar. Que lo que yo necesito no es ni tiempo ni leches, que lo único que me quitaría esta pena sería verle, tocarle... despertarme y descubrir que todo ha sido una pesadilla.
Si al menos pudiera depositar mi fe en algún dios y en el mundo de los cielos... Pero no, no puedo porque cuando los muertos se van, desaparecen para siempre y dejan solos, muy solos y muy tristes, a los vivos.
“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontraras a ti mismo, y esa solo esa puede ser la mas feliz o la mas amarga de tus horas”
Pablo Neruda

Le encantaban los poemas y esta frase era una de sus favoritas. Me temo que no le dio tiempo a encontrarse a sí mismo en sus escasos 18 años de vida. O quién sabe, quizás siempre supo más de lo que yo creía, porque en ocasiones él parecía conocerme mejor que yo a mi misma. Ojala. Ojala Ángel supiese cuánto le quería. Ojala hubiese podido intercambiar su muerte por la mía...
¡Uf! Nunca me había dolido tanto el corazón. Es un dolor tan punzante y constante que me deja sin respiración. Algo muy diferente a cualquier emoción que hubiese experimentado antes. El sentimiento de pérdida nubla mi consciencia la mayor parte del tiempo pero... cuando pienso en Ángel... cuando me acuerdo de que esta muerto... entonces me gustaría convertirme en una ameba que se encuentra en lo más profundo del océano.
Pero continúo escribiendo. Escribiendo para sobrevivir y desarrollar una nueva técnica de evasión de la realidad.
Ángel está muerto ¡Dios mio!
Ángel ha muerto y con él una parte de mí.

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