26 de marzo de 2014

Mañanas de domingo

Algunos domingos por la mañana, cuando no tengo prisa y cierro los ojos más de la cuenta, los fantasmas hacen de mi casa la suya.
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—Buenos días, solete. —Mi abuelo irrumpe en la habitación y sube la persiana con brío. Con paso torcido pero firme, se acerca a la cama, me destapa y me hace cosquillas en los pies—. Venga, dormilona, levántate, que Agustina ha preparado chocolate caliente.
Mi risa se torna histérica y sacudo tan fuerte las piernas que temo darle una patada por accidente. Intento alejarme de esas manos de piel tornasolada y áspera que, implacables, torturan las plantas de mis pies. Desde la cocina, junto al olor a chocolate, llegan las voces de mi abuela. —Simón, deja tranquilos a los niños. Mira que te gusta hacerles de rabiar...
Suplico clemencia a mi abuelo y me recuesto dando la espalda a la luz que entra por la ventana, mirando a la pared. —Abuelo, que aquí se está muy bien, déjame un ratito más, anda.
—Bueno, pero toma, tesoro, toma —dice mientras abre una bolsa de Werther's. Le miro con cierta diversión, pues son muchos años los que el abuelo lleva regalando caramelos de café a escondidas y no me ha quedado más remedio que acostumbrarme a su sabor. Esta vez coloca dos caramelos sobre la almohada. Se trata de un ritual con aires de secretismo que hace que la habitación rebose complicidad.

Cuando me quiero dar cuenta ya estoy oyendo los pasos de mi abuelo, cansados y decididos, abandonar la habitación. Es entonces cuando pienso en lo afortunada que soy al contar con este abuelo tan parco en palabras y tan rico en entrega y nobleza de corazón. Me siento orgullosa de haber heredado su terquedad y espíritu de lucha, contenta de ser arisca y fuerte, como él.

Disfruto de saberme tranquila, relajada, a salvo, con todo el día por delante: un desayuno con chocolate, un rato jugando a las cartas en la terraza acristalada, unas aceitunas verdes de aperitivo o, con suerte, unas nueces que el abuelo partirá, un bullicio de gente que entra por la puerta y saluda dando besos que vienen acompañados de frío burgalés, un televisor encendido ante el que algunos se congregan y piden silencio, unas cuantas manos poniendo la mesa (larguísima), unos adultos diciendo al resto que la comida está lista, una sobremesa en familia (bien en la terraza grande, bien en el salón, con el sofá como protagonista estrella), y por último, un paseo al centro de la ciudad (al abrigo del gélido viento).

Desde la cama, todavía perezosa, pienso en el día que se asoma y que se consume demasiado rápido, y antes de que la alegría, la desidia o el cansancio puedan hacer de las suyas, se instala la calma (solo aquí puede llenarme tanto) y surge la certeza de que esto tiene un nombre: hogar.
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Pero los fantasmas se evaporan tan inesperadamente como llegan, y se llevan con ellos esa casa que está a 240 km y en cuyas literas no me acabo de despertar. No queda el olor a chocolate caliente, no aparecen caramelos de café en los bolsillos… ni rastro de aquellas mañanas de domingo que se antojan cada vez más ficticias.
Las cosquillas ya no producen risa porque sólo son imaginarias, las reales hace tiempo que desaparecieron.

2 de marzo de 2014

Clara Campoamor

El nivel de compromiso, entrega y lucha de Clara Campoamor es envidiable. Fue una señora diputada de los pies a la cabeza (ya nos gustaría ahora tener más políticos así). Se dejó la piel y el alma reivindicando los derechos de la mujer, aunque pudiesen llegar a resultar perjudiciales para "su" partido. No le importó arriesgar votos y hasta su propio escaño (que perdió tras las elecciones de 1933) con tal de hacer justicia y lograr igualdad. Tuvo que hacer frente a un ataque encarnizado (plagado de traiciones, engaños y abandonos) por parte de todos los detractores del voto femenino, pero gracias a su lucha y conquista, en 1977, en las primeras elecciones democráticas, nadie se planteó que las mujeres no pudiesen votar.
Es muy recomendable (además de emotiva) la película que se hizo sobre su lucha por el sufragio universal:
http://www.rtve.es/…/clara-campoamor-mujer-olvidada/1041185/
"República, república siempre, la forma de gobierno más conforme con la evolución natural de los pueblos"
Clara Campoamor

6 de febrero de 2014

Compartir la crónica de nuestra felicidad

Dejamos por escrito las tristezas, pero en cambio enterramos las palabras más bonitas y la crónica de nuestra felicidad.
Usamos la escritura como terapia, catarsis, reflexión, evasión… como salvación. A menudo, cuando las pequeñas tragedias cotidianas nos acechan, los grandes dramas nos alcanzan, o el inexplicable desánimo nos inunda, recurrimos al lápiz y el papel, a las notas de texto del móvil, o al teclado de un ordenador intentando encontrar palabras que desahoguen y profundicen en nuestras aparentemente impenetrables vidas, palabras que encuentren un sentido a la tristeza.
Basta con echar un vistazo a la literatura universal para descubrir una cantidad ingente de novelas, ensayos, poemarios… llenos de páginas y páginas de pasajes melancólicos, trágicos, dramáticos, violentos, dolorosos, desesperanzadores, duros, depresivos… mortales. (Sublimes la mayoría de ellos.)
En tristezas está ya todo escrito, es difícil innovar.
Pero sobre la felicidad, el éxtasis emocional, el llanto de alegría… faltan páginas y, lo más importante, descubrimientos, análisis, disertaciones. Puede ser debido a que se trata de un término y una vivencia más ambigua, menos clara.
Seguramente Tolstoi tenía razón y la felicidad se vive de manera similar en todos los casos, mientras que las desgracias nunca se sienten de la misma manera, pues están llenas de matices.
Probablemente también existan diversos paradigmas de felicidad, en función de unas características u otras, pero por el momento no somos capaces de clasificar la felicidad en diferentes tipos; la idealizamos de tal manera que terminamos por considerarla un todo, un nivel elevado en el que el acceso es restringido y no hay puntos intermedios, en el que la gente ríe, calla y disfruta.
Al final todo se reduce a lo siguiente: es más fácil vivir la felicidad que contarla; no sucede lo mismo con la tristeza.
Sin embargo, la felicidad también merece ser relatada y los momentos bellos ser registrados en el tiempo. Nos centramos tanto en vivirlos que a veces olvidamos que escribiéndolos se hacen más nuestros.
Es por ello que en esta efímera madrugada siento la necesidad de dejar constancia de que he vivido intensos instantes que me han dejado sin aliento, la necesidad de narrar que he conocido la felicidad rodeada de personas que merecen la pena, que el amor, la amistad y la salud me han proporcionado una alegría sostenida, y que los pequeños placeres me han elevado a lo más alto: una boca que acaricia una espalda, una sonrisa desconocida que dura más tiempo del que se considera apropiado, un día soleado tras muchos días nubosos, el revoloteo de una melena sometida al implacable viento, una canción que cobija recuerdos, un susurro al oído, una mano anónima que ofrece su ayuda desinteresada, una ráfaga de aire frio que golpea una cara y despeja una mente, una mirada brillante de ilusión, un momento familiar, una lectura favorita acompañada de un vaso de leche caliente entre las manos, un momento de complicidad con un ser querido (o incluso desconocido), un tranquilo rincón en el que descansar, una partitura con tu instrumento musical, un baile en compañía, una independencia en soledad…
Por qué ocultar la existencia de esas veces en las que la emoción no te cabe en el pecho y te sientes tan feliz que no te importaría evaporarte, convertirte en átomo que se quede colgado de ese instante; las veces en las que la felicidad hace palpitar al corazón el doble de rápido, en las que pierdes la cabeza a causa del éxtasis momentáneo, en las que te deslumbra la felicidad que desprenden tus impulsos, en las que suceden cosas buenas inesperadamente (como casi todo lo bueno, que llega sin avisar).
Las palabras evitan que desaparezca el día en el que te ves creyendo en ti misma y quieres comerte el mundo, el día en el que has roto con los lastres y miedos y te sientes tan autónoma y libre que te crecen alas con las que echar a volar, el día en que cumples un sueño largamente esperado o superas algún obstáculo, el día en que descubres que, efectivamente, el precio que has pagado merece la pena con creces.
Imposible negar las ráfagas de repentina pasión por la vida, las euforias compartidas, los ataques de risa, la emoción al ver a niños pletóricos que echan a correr, la sensación de un trabajo bien hecho, la autorrealización, los escalofríos de placer… el grito de emoción bajo la lluvia que exclama: ¡soy feliz!
No, no tiene sentido callar lo más hermoso; deberíamos compartirlo.

4 de febrero de 2014

Lecciones aprehendidas (que no aprendidas)


1. No preguntes lo que no quieras saber.
2. Tampoco hagas preguntas para cuyas posibles respuestas no estés preparado.
3. La ingnorancia puede ser una ventaja (y un peso menos).
4. La incertidumbre es peor que la ignorancia. En ese caso pregunta, aunque duela.
5. La verdad nos hace libres (sí, “the truth will set you free”), pero puede ser un mazazo.

13 de diciembre de 2013

Pinchazo doloroso

Dices: “Siempre tienes que ir un paso más allá”.
Y tienes razón. Me encantaría conformarme con el paso que acabo de dar, parar, respirar hondo y disfrutar de las vistas desde aquí, pero siempre hay algo dentro de mí que me impulsa a querer ir más allá. Porque… ¿Y si un poco más lejos encuentro lo que busco? ¿Y si resulta que, efectivamente, todo es demasiado poco porque existe algo maravilloso más allá de la cima? ¿Cómo no voy a excederme? ¿Cómo me voy a arriesgar a perdérmelo? Por eso, a mi parecer, nunca nada es suficiente.
Aciertas con tus palabras como si clavases alfileres en motas de polvo. Y ellas no pueden sangrar, pero el pinchazo les duele igualmente.