Mostrando entradas con la etiqueta abuelo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta abuelo. Mostrar todas las entradas

31 de diciembre de 2014

"Más ojos que días tiene el año"

Pues ya estamos a 31 de diciembre. Tal día como hoy, mi abuelo habría soltado su manida broma: "Esta mañana he visto en la plaza un hombre con más ojos que días tiene el (este) año". Es una tontería, pero tras años escuchándola, ya no puedo pasar una nochevieja sin pensar en esa frase. El subconsicente siempre nos acerca a nuestras costumbres...
Podría decir muchas cosas, pero las palabras no alcanzan para explicar algunas emociones. Cuando se trata de asuntos vitales... no hago balances (eso se lo dejo a los economistas). Mi única certeza es que merece la pena. No se trata de sobrevivir a un año, sino vivir intensamente cada día. Y lo sé, sé que la vida puede ser maravillosa pero también muy puta. Habrá a quien le haya ido mejor últimamente y a quien le haya ido peor y esté hasta las narices de leer reflexiones de nochevieja, así que seré breve: nada termina esta noche, nada excepto un convencionalismo denominado "año" (que no es otra cosa que 365 días); todo lo demás sigue. Mañana tan "sólo" emepezará un nuevo día, y como siempre, una nueva lucha con sus nuevas oportunidades.
Gracias a quien corresponde por hacerme vivir el amor y el hogar, gracias a quien corresponde también, por hacerme vivir la amistad, y gracias a los demás por formar, o haber formado, parte de mis días. Deseo que tengáis (y compartáis) muchos momentos de paz y felicidad.

26 de marzo de 2014

Mañanas de domingo

Algunos domingos por la mañana, cuando no tengo prisa y cierro los ojos más de la cuenta, los fantasmas hacen de mi casa la suya.
---

—Buenos días, solete. —Mi abuelo irrumpe en la habitación y sube la persiana con brío. Con paso torcido pero firme, se acerca a la cama, me destapa y me hace cosquillas en los pies—. Venga, dormilona, levántate, que Agustina ha preparado chocolate caliente.
Mi risa se torna histérica y sacudo tan fuerte las piernas que temo darle una patada por accidente. Intento alejarme de esas manos de piel tornasolada y áspera que, implacables, torturan las plantas de mis pies. Desde la cocina, junto al olor a chocolate, llegan las voces de mi abuela. —Simón, deja tranquilos a los niños. Mira que te gusta hacerles de rabiar...
Suplico clemencia a mi abuelo y me recuesto dando la espalda a la luz que entra por la ventana, mirando a la pared. —Abuelo, que aquí se está muy bien, déjame un ratito más, anda.
—Bueno, pero toma, tesoro, toma —dice mientras abre una bolsa de Werther's. Le miro con cierta diversión, pues son muchos años los que el abuelo lleva regalando caramelos de café a escondidas y no me ha quedado más remedio que acostumbrarme a su sabor. Esta vez coloca dos caramelos sobre la almohada. Se trata de un ritual con aires de secretismo que hace que la habitación rebose complicidad.

Cuando me quiero dar cuenta ya estoy oyendo los pasos de mi abuelo, cansados y decididos, abandonar la habitación. Es entonces cuando pienso en lo afortunada que soy al contar con este abuelo tan parco en palabras y tan rico en entrega y nobleza de corazón. Me siento orgullosa de haber heredado su terquedad y espíritu de lucha, contenta de ser arisca y fuerte, como él.

Disfruto de saberme tranquila, relajada, a salvo, con todo el día por delante: un desayuno con chocolate, un rato jugando a las cartas en la terraza acristalada, unas aceitunas verdes de aperitivo o, con suerte, unas nueces que el abuelo partirá, un bullicio de gente que entra por la puerta y saluda dando besos que vienen acompañados de frío burgalés, un televisor encendido ante el que algunos se congregan y piden silencio, unas cuantas manos poniendo la mesa (larguísima), unos adultos diciendo al resto que la comida está lista, una sobremesa en familia (bien en la terraza grande, bien en el salón, con el sofá como protagonista estrella), y por último, un paseo al centro de la ciudad (al abrigo del gélido viento).

Desde la cama, todavía perezosa, pienso en el día que se asoma y que se consume demasiado rápido, y antes de que la alegría, la desidia o el cansancio puedan hacer de las suyas, se instala la calma (solo aquí puede llenarme tanto) y surge la certeza de que esto tiene un nombre: hogar.
---
Pero los fantasmas se evaporan tan inesperadamente como llegan, y se llevan con ellos esa casa que está a 240 km y en cuyas literas no me acabo de despertar. No queda el olor a chocolate caliente, no aparecen caramelos de café en los bolsillos… ni rastro de aquellas mañanas de domingo que se antojan cada vez más ficticias.
Las cosquillas ya no producen risa porque sólo son imaginarias, las reales hace tiempo que desaparecieron.

24 de enero de 2013

Me falta tu arcoíris



Los que me habéis leído más y desde hace tiempo puede que recordéis que en alguna ocasión he hablado de mi abuelo. Él era maravilloso, y no lo digo porque sea su nieta. Fue bueno incluso cuando la  demencia senil y el alzhéimer le atacaron. Durante los últimos dos años perdió la cabeza completamente y, paulatinamente, dejó de saber quién era ni qué debía hacer. Al final del todo ya no se le iluminaba la mirada cuando nos veía a algún familiar o amigo; dejó de reconocernos. Finalmente llegó el cáncer de próstata y se acentuó su dependencia, relegándolo a la residencia de día y el resto del tiempo a la reclusión de un hogar que él no identificaba como propio.

Los últimos tiempos no fueron fáciles ni para él ni para mi abuela, quien sufría tremendamente con las locuras y los olvidos del abuelo. Sin embargo, él nunca dejó de quererla. Lo sé porque a la única a la que confiaba sus locas ideas seniles era a ella; porque pude comprobar, cuando dormí alguna vez en su casa, que mi abuelo, a pesar de los dolores que decían los médicos que sufría, apenas se quejó.

Hablo en pasado porque mi abuelo murió este verano. Una mañana veraniega especialmente calurosa le costó más de lo normal levantarse. Tardó 15 minutos en llegar  (con ayuda) de su cama a la cocina. Paso a paso, tropiezo tras tropiezo, logró alcanzar la mesa de desayuno e intentó coger la cuchara. El esfuerzo fue tan grande que gastó toda su energía en el intento. Mis tías me han dicho que no se quejó. Que simplemente, agotado, lograron arrastrarlo hasta el sofá y llamar a urgencias.

Tres horas más tarde estábamos toda la familia en la sala de espera del hospital. Mi abuelo ya estaba inconsciente y en urgencias solo dejaron entrar a sus hijos y esposa, así que el resto esperamos pacientemente. Como pareció estabilizarse le bajaron a Boxes y allí, los veintitantos descendientes que tiene mi abuelo, seguimos esperando. Hablamos de todo y de nada. Hicimos turnos. Y entramos a visitarle. Entrábamos de seis en seis porque no sabíamos cuánto tiempo le quedaba y queríamos despedirnos todos. Estaba lleno de tubos y vías, pero pude cogerle la mano y darle besos sin dejar de mirar  con cierta obsesión el indicador de saturación de oxígeno en la sangre. La segunda vez que entré había menos gente en la habitación y mi prima y yo, en la intimidad y la unión que proporciona la inminencia de la muerte, destapamos todos los recuerdos bonitos que teníamos con el abuelo. Le hablamos en voz alta y le dijimos todo lo que había conseguido en la vida. Le recordamos que él, junto con mi abuela, había educado, cuidado y amado a ocho hijos. Había dado vida y futuro a nada más ni menos que ocho personas, cada una de las cuales había salido adelante con más o menos acierto, pero con el mismo amor.

Pocas horas después, de madrugada, murió. Murió en silencio y sin quejarse. Murió tras luchar contra la muerte durante 14 largas horas.
Apenas recuerdo el tanatorio ni el funeral. Sí sé que había una ola de calor en toda la península, y todo lo que yo podía pensar era que el calor me ahogaba. También sé que la muerte me había pillado de paso por Burgos y ni siquiera tenía ropa para ponerme en el entierro. Mi prima me dejó un vestido negro de lunares blancos que llené de lágrimas y arrugas y un papel en el que escribí una dedicatoria post-mortem que leí en la capilla.
No recuerdo más de esos días ni quiero hacerlo, porque durante los últimos años he tenido demasiados recuerdos amargos de mi abuelo, y yo lo que quiero es desenterrar del olvido los buenos momentos. Descubro que me cuesta, que parecen muy lejanos… y solo a través de las fotografías hago memoria.

He saqueado los álbumes de fotos de mi madre, de mis tías, de mi abuela… Y he encontrado alguna pequeña maravilla que me devuelve a aquel tiempo, a aquel pueblo burgalés en el que pasé mis veranos de infancia y adolescencia.
Ahora sí, observando esa foto en la que el abuelo y yo aparecemos en la huerta, con sendos cubos de agua en la mano, delante de los tomates, puedo recordar el coraje, la constancia y el esfuerzo que dedicaba mi abuelo a todo lo que hacía. Una vez ya jubilado su gran pasión fue la huerta y allí pasamos momentos inolvidables (aunque a veces parezcan perderse entre los resquicios del tiempo).

Este verano, tras su muerte, volví al pueblo y el olor de la hierba alta, y las flores salvajes que inundaban la huerta (ya echada a perder) me devolvió a aquellos días en los que mi mayor ilusión era ayudarle a regar los tomates. El olor de los tomates también me ayuda a revivirle, pero hay un olor aún más poderoso que todos esos olores… y es el de su colonia.
Cuando conseguí mi primer trabajo le regalé una caja de colonia y jabón perfumado. No hace mucho, un día que fui a visitar a mi abuela, vi ese jabón en un estante del baño. Me lavé las manos tres veces con él y volví a los trece años. Juraría que volví a los trece años y que estaba en el pueblo, con el abuelo diciéndome que no bajase la cuesta de casa tan rápido en bici, que me iba a caer (como efectivamente hice).
Del jabón pasé a la colonia, pues su frasco todavía estaba allí. Me eché dos gotas diminutas en la muñeca izquierda, y con delicadeza acerqué la mano a mi nariz; inspiré profundamente y volví al pasado, esta vez a un pasado tan lejano que no pude acotarlo temporalmente. Yo era pequeña, muy pequeña, y llevaba un vestido y unas sandalias preciosas pero incómodas. Paseaba con los abuelos y mis padres, estábamos en algún lugar de la costa española (creo recordar), y yo correteaba entre mi padre y el abuelo. A veces cogía la mano de uno, a veces la del otro; era feliz entre aquellos dos hombres de mi vida. No sé cómo caí, pero caí. Si sé que el suelo estaba empedrado y me destrocé una de las dos rodillas. La memoria me trae a la mente imágenes del abuelo llevándome aúpa hasta una fuente y, con toda la suavidad que puede tener un anciano que ha trabajado media vida en el campo, me lavó la herida con agua. Puede que haya tergiversado ideas o recuerdos y las cosas no sucediesen así, pero de lo que sí estoy segura es de que me miró a los ojos y, a su manera, sin palabras, me dijo: “no pasa nada”, y yo le creí, me tranquilicé y supe que todo iba a ir bien.

Me falta tu arcoíris, abuelo. Aunque fueses a cumplir 90, seguías coloreando mi vida y te echo mucho de menos. Te quiero. Hasta la eternidad.

25 de octubre de 2009

Perdemos la razón



Más duro que perder uno mismo la razón es que la pierdan las personas que más quieres.

La razón te ha abandonado, ya no hay lucidez en tu mente. Tenemos que hacernos a la idea. Los dos, tú y yo, poco a poco.

Démosle tiempo al tiempo, aunque precisamente es eso lo que más temes, no tener suficiente tiempo. O no poder emplearlo como quieres. Lo sé porque lo leo en tu alma, y porque en la mía se reflejan todos esos sentimientos.


Hago acopio de mis más profundas facultades mentales y rememoro viejos tiempos buscando un instante al que aferrarme. Escarbo con angustia entre los pensamientos a la caza de las palabras adecuadas. Percibo cómo el recuerdo viene hacia mí, lento, tranquilo, sabedor de que yo lo espero con ansia y de que tan pronto como desaparezca intentaré evocarlo con una asiduidad que roza la obsesión.
Silencio, se acerca:

Noche fría. Ese frío que sólo se da en algunas provincias del norte de Castilla y León. La luz de mi habitación encendida. Me encuentro con un libro entre las manos y tumbada encima de la cama, sin tapar. Te acercas silenciosamente, cierras el libro, apagas la luz, y me arropas con toda la ternura del mundo.
-Buenas noches solete, que descanses. Todo esto en susurros, para no despertarme.

Pero ya no eres capaz de discernir por ti mismo. Has perdido toda capacidad para distinguir el norte y por eso el rumbo de tu vida está en punto muerto, hoy me lo has demostrado:

Conversación telefónica 1
–Abuelo, abuelo. Soy Laura, tu nieta. ¿Qué tal?
–¿Pero vais a venir o no?
–No abuelo, que soy yo, la nieta de Madrid, la hija de Celia.
–¿No quieres venir?
–Abuelo, no puedo. Vivo en Madrid. Soy yo. Abuelo... –Sigo intentando que me reconozcas, pero te enfadas y cuelgas.

Conversación telefónica 2
-¡Solete! Me ha dicho tu tía que has llamado, ¿qué tal?
-¡Abuelo! ¡FELIZ 87 CUMPLEAÑOS!

Rebosan los sentimientos:
–Dame la mano. Haremos este último viaje juntos, hasta el final, no tengas miedo, yo te acompañaré.
Puedo poner estas palabras en tu boca o en la mía y es lo mismo, sé que nuestras emociones son recíprocas.
Perdemos la razón, ambos, tú sin darte cuenta; yo, horrorizada.

10 de octubre de 2009

El abuelo. (Día mundia de la salud mental)



La ansiedad, el estrés y la depresión son enfermedades mentales aunque muchas veces no pensemos en ellas como tales. Estoy segura de que todos hemos vivido (algunos de cerca y otros en la distancia) las consecuencias fatales que se producen si dejamos que estas y muchas otras enfermedades mentales nos ganen la partida. Por eso mi deseo de hoy es que todos los enfermos que a muchos ojos son invisibles, se vuelvan visibles para la sociedad.
__



Su abuelo siempre había sido un hombre con carácter. En cierto modo retraído. Le gustaba ir a su aire. En eso se parecía mucho a su nieta.

Primer recuerdo: Ella es bien chiquitita, apenas 4 años y lleva un vestidito de color amarillo. Están los dos en la huerta. La niña intenta ayudar a su abuelo en todo lo que puede. Se entienden a la perfección. Él la mira y ella comprende al instante que el abuelo necesita un cubo. Va a por él.

Segundo recuerdo: Ella tiene 10 años. Él 80. Sentados los dos solos frente a la televisión apagada mientras los demás toman el café en la cocina. Él finge dormir pero sus párpados se abren con frecuencia. Mira a la niña. Ella ya es mayor y se da cuenta. Levanta los ojos del libro y le devuelve la mirada. No necesitan palabras. Repetirán durante años este ritual. Todos los domingos que ella vaya a visitarle.

Tercer recuerdo: Cocina del abuelo. La familia discute. El abuelo ya no parece tan fuerte. Coge la mano de la chavala y la susurra al oído "Estos adultos no disfrutan de la vida. De mayor si quieres ser feliz, no se te ocurra imitarles".

Cuarto recuerdo: Una habitación de hospital. Él tiene 84 años. Aprieta con firmeza las manos que la adolescente le tiende. A él le cuesta respirar y pareciera que se le escapa la vida. Pero es fuerte.

Quinto recuerdo: Ha pasado un año. El cuerpo del abuelo se ha recuperado, su cerebro no tanto. Ella acaba de llegar al pueblo.
–Tesoro mío. (Ya son 15 años, los mismos que tiene ella, en los que el abuelo la saluda siempre así).
Caminan los dos despacito. Él habla de cuando compró aquella mula. Ella escucha como si le fuera la vida en ello. Él vuelve a contar la misma historia. En esta ocasión, otra versión.
–Solete (sus palabras de despedida), Solete, que tengas un buen viaje.

Último recuerdo: Es verano, la vecina ha ido a casa de los abuelos, en el pueblo, a visitarles. El abuelo no es el mismo, grita sin parar. Hace meses que sus palabras son inconexas. La vecina se asusta. La joven le da una palmadita en la espalda a su abuelo para que se tranquilice. No se atreve a más. Él ya no la reconoce y se altera.

La enfermedad mental va venciendo al abuelo. 86 años. Demencia senil. Quizás Alzheimer. No sabe quiénes son sus nietos ni sus hijos. A veces no sabe ni quién es él.
No guarda ninguno de los recuerdos que Laura atesora con tanto cariño y escribe en este mismo momento para no olvidarlos nunca. Pase lo que pase.
Pero el abuelo los ha olvidado todos, para siempre. Tan orgulloso... Ella sabe que para él es una deshonra perder sus facultades intelectuales. Las veces que él se da cuenta de ello, la angustia le envenena el corazón. Sufre él, sufre la abuela, sufre la familia, sufre Laura. Lo ve injusto. Con lo que se ha sacrificado el abuelo en la vida, acabar así...
Y sin embargo, a pesar de todo, él la sigue diciendo:
–Tesoro mío, ven, que te cuento la historia de las mulas...

Luna. Estrellas. Campo. Pueblo: ABUELO
Ella asocia términos con recuerdos, pero en realidad sabe que todas las palabras le pueden conducir hasta él.

Azúl. Sí, azúl. Como sus ojos.


__
Que los invisibles se tornen visibles.