Pues ya estamos a 31 de diciembre. Tal día como hoy, mi abuelo habría
soltado su manida broma: "Esta mañana he visto en la plaza un hombre con
más ojos que días tiene el (este) año". Es una tontería, pero tras años
escuchándola, ya no puedo pasar una nochevieja sin pensar en esa frase.
El subconsicente siempre nos acerca a nuestras costumbres...
Podría
decir muchas cosas, pero las palabras no alcanzan para explicar algunas
emociones. Cuando se trata de asuntos vitales... no hago
balances (eso se lo dejo a los economistas). Mi única certeza es que
merece la pena. No se trata de sobrevivir a un año, sino vivir
intensamente cada día. Y lo sé, sé que la vida puede ser maravillosa
pero también muy puta. Habrá a quien le haya ido mejor últimamente y a
quien le haya ido peor y esté hasta las narices de leer reflexiones de
nochevieja, así que seré breve: nada termina esta noche, nada excepto un
convencionalismo denominado "año" (que no es otra cosa que 365 días);
todo lo demás sigue. Mañana tan "sólo" emepezará un nuevo día, y como
siempre, una nueva lucha con sus nuevas oportunidades.
Gracias a
quien corresponde por hacerme vivir el amor y el hogar, gracias a quien
corresponde también, por hacerme vivir la amistad, y gracias a los demás
por formar, o haber formado, parte de mis días. Deseo que tengáis (y
compartáis) muchos momentos de paz y felicidad.
En septiembre de 2009 encontré en la Comunidad de la Cadena Ser un hogar en el que di rienda suelta a mis desvaríos. Ésta es una recopilación y continuación de aquellos retazos sueltos.
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31 de diciembre de 2014
26 de marzo de 2014
Mañanas de domingo
Algunos
domingos por la mañana, cuando no tengo prisa y cierro los ojos más de
la cuenta, los fantasmas hacen de mi casa la suya.
---
—Buenos
días, solete. —Mi abuelo irrumpe en la habitación y sube la persiana
con brío. Con paso torcido pero firme, se acerca a la cama, me destapa y
me hace cosquillas en los pies—. Venga, dormilona, levántate, que
Agustina ha preparado chocolate caliente.
Mi
risa se torna histérica y sacudo tan fuerte las piernas que temo darle
una patada por accidente. Intento alejarme de esas manos de piel
tornasolada y áspera que, implacables, torturan las plantas de mis pies.
Desde la cocina, junto al olor a chocolate, llegan las voces de mi
abuela. —Simón, deja tranquilos a los niños. Mira que te gusta hacerles
de rabiar...
Suplico
clemencia a mi abuelo y me recuesto dando la espalda a la luz que entra
por la ventana, mirando a la pared. —Abuelo, que aquí se está muy bien,
déjame un ratito más, anda.
—Bueno,
pero toma, tesoro, toma —dice mientras abre una bolsa de Werther's. Le
miro con cierta diversión, pues son muchos años los que el abuelo lleva
regalando caramelos de café a escondidas y no me ha quedado más remedio
que acostumbrarme a su sabor. Esta vez coloca dos caramelos sobre la
almohada. Se trata de un ritual con aires de secretismo que hace que la
habitación rebose complicidad.
Cuando
me quiero dar cuenta ya estoy oyendo los pasos de mi abuelo, cansados y
decididos, abandonar la habitación. Es entonces cuando pienso en lo
afortunada que soy al contar con este abuelo tan parco en palabras y tan
rico en entrega y nobleza de corazón. Me siento orgullosa de haber
heredado su terquedad y espíritu de lucha, contenta de ser arisca y
fuerte, como él.
Disfruto
de saberme tranquila, relajada, a salvo, con todo el día por delante:
un desayuno con chocolate, un rato jugando a las cartas en la terraza
acristalada, unas aceitunas verdes de aperitivo o, con suerte, unas
nueces que el abuelo partirá, un bullicio de gente que entra por la
puerta y saluda dando besos que vienen acompañados de frío burgalés, un
televisor encendido ante el que algunos se congregan y piden silencio,
unas cuantas manos poniendo la mesa (larguísima), unos adultos diciendo
al resto que la comida está lista, una sobremesa en familia (bien en la
terraza grande, bien en el salón, con el sofá como protagonista
estrella), y por último, un paseo al centro de la ciudad (al abrigo del
gélido viento).
Desde
la cama, todavía perezosa, pienso en el día que se asoma y que se
consume demasiado rápido, y antes de que la alegría, la desidia o el
cansancio puedan hacer de las suyas, se instala la calma (solo aquí
puede llenarme tanto) y surge la certeza de que esto tiene un nombre:
hogar.
---
Pero
los fantasmas se evaporan tan inesperadamente como llegan, y se llevan
con ellos esa casa que está a 240 km y en cuyas literas no me acabo de
despertar. No queda el olor a chocolate caliente, no aparecen caramelos de café en los bolsillos… ni rastro de aquellas mañanas de domingo que se antojan cada vez más ficticias.
Las cosquillas ya no producen risa porque sólo son imaginarias, las reales hace tiempo que desaparecieron.
24 de enero de 2013
Me falta tu arcoíris
Los
que me habéis leído más y desde hace tiempo puede que recordéis que en alguna
ocasión he hablado de mi abuelo. Él era maravilloso, y no lo digo porque sea su
nieta. Fue bueno incluso cuando la
demencia senil y el alzhéimer le atacaron. Durante los últimos dos años
perdió la cabeza completamente y, paulatinamente, dejó de saber quién era ni
qué debía hacer. Al final del todo ya no se le iluminaba la mirada cuando nos
veía a algún familiar o amigo; dejó de reconocernos. Finalmente llegó el cáncer
de próstata y se acentuó su dependencia, relegándolo a la residencia de día y
el resto del tiempo a la reclusión de un hogar que él no identificaba como
propio.
Los
últimos tiempos no fueron fáciles ni para él ni para mi abuela, quien sufría
tremendamente con las locuras y los olvidos del abuelo. Sin embargo, él nunca
dejó de quererla. Lo sé porque a la única a la que confiaba sus locas ideas
seniles era a ella; porque pude comprobar, cuando dormí alguna vez en su casa,
que mi abuelo, a pesar de los dolores que decían los médicos que sufría, apenas
se quejó.
Hablo
en pasado porque mi abuelo murió este verano. Una mañana veraniega
especialmente calurosa le costó más de lo normal levantarse. Tardó 15 minutos
en llegar (con ayuda) de su cama a la
cocina. Paso a paso, tropiezo tras tropiezo, logró alcanzar la mesa de desayuno
e intentó coger la cuchara. El esfuerzo fue tan grande que gastó toda su
energía en el intento. Mis tías me han dicho que no se quejó. Que simplemente,
agotado, lograron arrastrarlo hasta el sofá y llamar a urgencias.
Tres
horas más tarde estábamos toda la familia en la sala de espera del hospital. Mi
abuelo ya estaba inconsciente y en urgencias solo dejaron entrar a sus hijos y
esposa, así que el resto esperamos pacientemente. Como pareció estabilizarse le
bajaron a Boxes y allí, los veintitantos descendientes que tiene mi abuelo,
seguimos esperando. Hablamos de todo y de nada. Hicimos turnos. Y entramos a
visitarle. Entrábamos de seis en seis porque no sabíamos cuánto tiempo le
quedaba y queríamos despedirnos todos. Estaba lleno de tubos y vías, pero pude cogerle
la mano y darle besos sin dejar de mirar
con cierta obsesión el indicador de saturación de oxígeno en la sangre.
La segunda vez que entré había menos gente en la habitación y mi prima y yo, en
la intimidad y la unión que proporciona la inminencia de la muerte, destapamos
todos los recuerdos bonitos que teníamos con el abuelo. Le hablamos en voz alta
y le dijimos todo lo que había conseguido en la vida. Le recordamos que él,
junto con mi abuela, había educado, cuidado y amado a ocho hijos. Había dado
vida y futuro a nada más ni menos que ocho personas, cada una de las cuales
había salido adelante con más o menos acierto, pero con el mismo amor.
Pocas
horas después, de madrugada, murió. Murió en silencio y sin quejarse. Murió
tras luchar contra la muerte durante 14 largas horas.
Apenas
recuerdo el tanatorio ni el funeral. Sí sé que había una ola de calor en toda
la península, y todo lo que yo podía pensar era que el calor me ahogaba.
También sé que la muerte me había pillado de paso por Burgos y ni siquiera
tenía ropa para ponerme en el entierro. Mi prima me dejó un vestido negro de
lunares blancos que llené de lágrimas y arrugas y un papel en el que escribí
una dedicatoria post-mortem que leí en la capilla.
No
recuerdo más de esos días ni quiero hacerlo, porque durante los últimos años he
tenido demasiados recuerdos amargos de mi abuelo, y yo lo que quiero es
desenterrar del olvido los buenos momentos. Descubro que me cuesta, que parecen
muy lejanos… y solo a través de las fotografías hago memoria.
He
saqueado los álbumes de fotos de mi madre, de mis tías, de mi abuela… Y he
encontrado alguna pequeña maravilla que me devuelve a aquel tiempo, a aquel
pueblo burgalés en el que pasé mis veranos de infancia y adolescencia.
Ahora
sí, observando esa foto en la que el abuelo y yo aparecemos en la huerta, con
sendos cubos de agua en la mano, delante de los tomates, puedo recordar el
coraje, la constancia y el esfuerzo que dedicaba mi abuelo a todo lo que hacía.
Una vez ya jubilado su gran pasión fue la huerta y allí pasamos momentos
inolvidables (aunque a veces parezcan perderse entre los resquicios del
tiempo).
Este
verano, tras su muerte, volví al pueblo y el olor de la hierba alta, y las
flores salvajes que inundaban la huerta (ya echada a perder) me devolvió a
aquellos días en los que mi mayor ilusión era ayudarle a regar los tomates. El
olor de los tomates también me ayuda a revivirle, pero hay un olor aún más
poderoso que todos esos olores… y es el de su colonia.
Cuando
conseguí mi primer trabajo le regalé una caja de colonia y jabón perfumado. No
hace mucho, un día que fui a visitar a mi abuela, vi ese jabón en un estante
del baño. Me lavé las manos tres veces con él y volví a los trece años. Juraría
que volví a los trece años y que estaba en el pueblo, con el abuelo diciéndome
que no bajase la cuesta de casa tan rápido en bici, que me iba a caer (como
efectivamente hice).
Del
jabón pasé a la colonia, pues su frasco todavía estaba allí. Me eché dos gotas
diminutas en la muñeca izquierda, y con delicadeza acerqué la mano a mi nariz;
inspiré profundamente y volví al pasado, esta vez a un pasado tan lejano que no
pude acotarlo temporalmente. Yo era pequeña, muy pequeña, y llevaba un vestido
y unas sandalias preciosas pero incómodas. Paseaba con los abuelos y mis padres,
estábamos en algún lugar de la costa española (creo recordar), y yo correteaba
entre mi padre y el abuelo. A veces cogía la mano de uno, a veces la del otro;
era feliz entre aquellos dos hombres de mi vida. No sé cómo caí, pero caí. Si
sé que el suelo estaba empedrado y me destrocé una de las dos rodillas. La
memoria me trae a la mente imágenes del abuelo llevándome aúpa hasta una fuente
y, con toda la suavidad que puede tener un anciano que ha trabajado media vida
en el campo, me lavó la herida con agua. Puede que haya tergiversado ideas o
recuerdos y las cosas no sucediesen así, pero de lo que sí estoy segura es de
que me miró a los ojos y, a su manera, sin palabras, me dijo: “no pasa nada”, y
yo le creí, me tranquilicé y supe que todo iba a ir bien.
Me falta tu arcoíris, abuelo. Aunque fueses
a cumplir 90, seguías coloreando mi vida y te echo mucho de menos. Te quiero.
Hasta la eternidad.
25 de octubre de 2009
Perdemos la razón
Más
duro que perder uno mismo la razón es que la pierdan las personas que más
quieres.
La razón te ha abandonado, ya no hay lucidez en tu mente. Tenemos que hacernos a la idea. Los dos, tú y yo, poco a poco.
La razón te ha abandonado, ya no hay lucidez en tu mente. Tenemos que hacernos a la idea. Los dos, tú y yo, poco a poco.
Démosle tiempo al tiempo, aunque precisamente es eso lo que más temes, no tener suficiente tiempo. O no poder emplearlo como quieres. Lo sé porque lo leo en tu alma, y porque en la mía se reflejan todos esos sentimientos.
Hago acopio de mis más profundas facultades mentales y rememoro viejos tiempos
buscando un instante al que aferrarme. Escarbo con angustia entre los
pensamientos a la caza de las palabras adecuadas. Percibo cómo el recuerdo
viene hacia mí, lento, tranquilo, sabedor de que yo lo espero con ansia y de
que tan pronto como desaparezca intentaré evocarlo con una asiduidad que roza
la obsesión.
Silencio,
se acerca:
Noche
fría. Ese frío que sólo se da en algunas provincias del norte de Castilla y
León. La luz de mi habitación encendida. Me encuentro con un libro entre las
manos y tumbada encima de la cama, sin tapar. Te acercas silenciosamente, cierras
el libro, apagas la luz, y me arropas con toda la ternura del mundo.
-Buenas
noches solete, que descanses. Todo esto en susurros, para no despertarme.
Pero ya no eres capaz de discernir por ti mismo. Has perdido toda capacidad
para distinguir el norte y por eso el rumbo de tu vida está en punto muerto, hoy
me lo has demostrado:
Conversación telefónica 1
–Abuelo,
abuelo. Soy Laura, tu nieta. ¿Qué tal?
–¿Pero
vais a venir o no?
–No
abuelo, que soy yo, la nieta de Madrid, la hija de Celia.
–¿No
quieres venir?
–Abuelo,
no puedo. Vivo en Madrid. Soy yo. Abuelo... –Sigo intentando que me reconozcas,
pero te enfadas y cuelgas.
Conversación telefónica 2
-¡Solete!
Me ha dicho tu tía que has llamado, ¿qué tal?
-¡Abuelo!
¡FELIZ 87 CUMPLEAÑOS!
Rebosan
los sentimientos:
–Dame la mano. Haremos este último viaje
juntos, hasta el final, no tengas miedo, yo te acompañaré.
Puedo
poner estas palabras en tu boca o en la mía y es lo mismo, sé que nuestras
emociones son recíprocas.
Perdemos
la razón, ambos, tú sin darte cuenta; yo, horrorizada.
10 de octubre de 2009
El abuelo. (Día mundia de la salud mental)
La ansiedad, el estrés y la depresión son enfermedades mentales aunque muchas veces no pensemos en ellas como tales. Estoy segura de que todos hemos vivido (algunos de cerca y otros en la distancia) las consecuencias fatales que se producen si dejamos que estas y muchas otras enfermedades mentales nos ganen la partida. Por eso mi deseo de hoy es que todos los enfermos que a muchos ojos son invisibles, se vuelvan visibles para la sociedad.
__
Su
abuelo siempre había sido un hombre con carácter. En cierto modo retraído. Le
gustaba ir a su aire. En eso se parecía mucho a su nieta.
Primer
recuerdo: Ella es bien chiquitita, apenas 4 años y lleva un vestidito de color
amarillo. Están los dos en la huerta. La niña intenta ayudar a su abuelo en
todo lo que puede. Se entienden a la perfección. Él la mira y ella comprende al
instante que el abuelo necesita un cubo. Va a por él.
Segundo
recuerdo: Ella tiene 10 años. Él 80. Sentados los dos solos frente a la
televisión apagada mientras los demás toman el café en la cocina. Él finge
dormir pero sus párpados se abren con frecuencia. Mira a la niña. Ella ya es
mayor y se da cuenta. Levanta los ojos del libro y le devuelve la mirada. No
necesitan palabras. Repetirán durante años este ritual. Todos los domingos que
ella vaya a visitarle.
Tercer
recuerdo: Cocina del abuelo. La familia discute. El abuelo ya no parece tan
fuerte. Coge la mano de la chavala y la susurra al oído "Estos adultos no
disfrutan de la vida. De mayor si quieres ser feliz, no se te ocurra
imitarles".
Cuarto
recuerdo: Una habitación de hospital. Él tiene 84 años. Aprieta con firmeza las
manos que la adolescente le tiende. A él le cuesta respirar y pareciera que se
le escapa la vida. Pero es fuerte.
Quinto
recuerdo: Ha pasado un año. El cuerpo del abuelo se ha recuperado, su cerebro
no tanto. Ella acaba de llegar al pueblo.
–Tesoro
mío. (Ya son 15 años, los mismos que tiene ella, en los que el abuelo la saluda
siempre así).
Caminan
los dos despacito. Él habla de cuando compró aquella mula. Ella escucha como si
le fuera la vida en ello. Él vuelve a contar la misma historia. En esta ocasión,
otra versión.
–Solete
(sus palabras de despedida), Solete, que tengas un buen viaje.
Último
recuerdo: Es verano, la vecina ha ido a casa de los abuelos, en el pueblo, a
visitarles. El abuelo no es el mismo, grita sin parar. Hace meses que sus
palabras son inconexas. La vecina se asusta. La joven le da una palmadita en la
espalda a su abuelo para que se tranquilice. No se atreve a más. Él ya no la
reconoce y se altera.
La
enfermedad mental va venciendo al abuelo. 86 años. Demencia senil. Quizás Alzheimer.
No sabe quiénes son sus nietos ni sus hijos. A veces no sabe ni quién es él.
No
guarda ninguno de los recuerdos que Laura atesora con tanto cariño y escribe en
este mismo momento para no olvidarlos nunca. Pase lo que pase.
Pero
el abuelo los ha olvidado todos, para siempre. Tan orgulloso... Ella sabe que
para él es una deshonra perder sus facultades intelectuales. Las veces que él
se da cuenta de ello, la angustia le envenena el corazón. Sufre él, sufre la abuela,
sufre la familia, sufre Laura. Lo ve injusto. Con lo que se ha sacrificado el
abuelo en la vida, acabar así...
Y
sin embargo, a pesar de todo, él la sigue diciendo:
–Tesoro
mío, ven, que te cuento la historia de las mulas...
Luna. Estrellas. Campo. Pueblo: ABUELO
Ella
asocia términos con recuerdos, pero en realidad sabe que todas las palabras le
pueden conducir hasta él.
Azúl. Sí, azúl. Como sus ojos.
__
Que los invisibles se tornen visibles.
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