En septiembre de 2009 encontré en la Comunidad de la Cadena Ser un hogar en el que di rienda suelta a mis desvaríos.
Ésta es una recopilación y continuación de aquellos retazos sueltos.
Cinco años. Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Ángel.
Sé que
los aniversarios no significan nada. Pero son cinco años sin él y me
cuesta hacerme a la idea de que ha pasado tanto tiempo y seguirá
pasándolo. Esto es para siempre. Ángel no va a volver.
Nunca he
sabido lidiar con la ausencia. Cuando alguien a quien quieres y que
forma parte de tu vida, se marcha de improvisto, deja un hueco muy
grande.
El tiempo ayuda a distanciarse del dolor. Pero el vacío
siempre queda ahí. No sólo pierdes a tu persona, también pierdes todas
las partes de ti que la entregaste, y todos los momentos que no podréis
vivir juntos.
Nadie es imprescindible, pero nadie es reemplazable. La ausencia permanecerá inmutable ya pasen 5 años o 50.
No queda otra que aprender a convivir con esa sensación de vacío que producen las pérdidas.
Hoy vuelvo a escribiros sobre Ángel. Lo sé, soy una pesada. Es la persona a la que más he escrito por aquí. Es el hombre (a excepción de mi padre) que más me ha querido, creo. Al menos el que más me ha valorado y ayudado. Nos conocimos en un tiempo decisivo de nuestras vidas. En pleno auge de adolescencia.
Y hoy ha llegado el día. El día en el que la frontera del tiempo que nos separa llega a los tres años. Tres años sin Ángel. Lo repito una y otra, y otra vez. Han pasado tres años en los que le he echado muchísimo de menos, pero también tres años de vida que él no ha podido disfrutar.
Hace tres años que no le piso al bailar. Hace tres años que no bailamos juntos. Hace tres años que no viene a casa y apagamos la luz. Hace tres años que no nos desternillamos de risa hasta terminar rodando por el suelo…
Todos los días duele su ausencia, todos los días hay una parte de él en mí, pero el tiempo sin él va aumentando inexorablemente. En días como hoy, cuando la cifra de su ausencia es un número redondo, me doy cuenta de que seguiré toda mi vida esperando verle aparecer por la puerta… y no aparecerá.
Nadie debería morirse a los 18 años. Él quería hacer tantas cosas… Los dos habíamos hecho tantos planes juntos… Teníamos una complicidad mayúscula. Una confianza única. Compartíamos música, libros, películas, sueños… Compartíamos vida.
Murió en un accidente de tráfico. Han pasado tres años y sigo evitando pensar en él; su recuerdo duele. Pero a la vez temo perderle, olvidarle. Temo olvidar sus ojos burlones, su sonrisa pícara, su seguridad en sí mismo, sus burlas…
Me siento culpable por querer borrar de mi memoria que él ha muerto. Culpable por poder vivir y sin embargo no disfrutar tanto ni tan intensamente como sé que él habría hecho. Él no hubiese desperdiciado ni un solo segundo. Por eso, con sumo gusto le regalaría mis últimos mil noventa y seis días: tres millones novecientos cuarenta y cinco mil seiscientos segundos de aliento. Y no es que no me guste mi vida, sino el hecho de que él ya no pueda estar en ella. Es tremendamente injusto que le arrebataran la vida. Es injusto.
Mi amiga Ana perdió recientemente a su mejor amigo en un accidente de tráfico. Cuando me enteré sentí que me ahogaba. No lo podía creer. Otra vez no, por dios. No le desearía ese sufrimiento a nadie… y ahora Ana tiene que vivirlo en primera persona. El otro día me preguntó si el dolor iba a ser tan agudo durante toda la vida... y no supe qué responder. Puede que los momentos de dolor terminen espaciándose, pero cuando vuelven son tan intensos, tan agudos (o incluso más, porque ahora se conocen las consecuencias de esa muerte) como el primer día, con la diferencia de cada vez hay más distancia entre nuestros muertos y nosotros. Puede que llegue un momento en el que la pena se atenúe un poco y uno se acostumbre a los varapalos de la vida. Quizás sea necesario más tiempo para que curen las heridas. Pero veo a la madre de mi vecina, Elena, quien hace más de cuatro años, llegando a casa (volvía de un Erasmus) murió en una colisión de coches… Veo a la madre de Elena, que técnicamente ha dejado de ser madre, y creo que el dolor no desaparece nunca. Cuando coincidimos en el ascensor me mira con sufrimiento, viendo en mí la juventud, la energía… de la hija que perdió.
Casi todo el mundo, al fallecer, deja vacíos en el alma de los demás, pero los jóvenes y adolescentes que mueren cuando están empezando a vivir, a sentir… dejan unos vacíos inmensos, dejan agujeros negros tras ellos. La principal causa de fallecimiento de estos jóvenes suele ser un accidente:
- “Ha tenido un accidente de tráfico. Ha muerto” (dijeron de Ángel, de mi vecina, del mejor amigo de Ana…)
- “Ha sufrido un accidente cerebrovascular” (dijeron de Irene)
- “Ha sido un accidente…. no quería hacerlo” (dijeron de Mónica)
Yo pensaba que un accidente era eso que pasa cuando estás picando cebolla y sin darte cuenta te haces un corte en el dedo, o cuando, andando por la calle, resbalas y te tuerces el tobillo. Pero hasta que lo viví no supe que accidente también es sinónimo de muerte. Morirse es una putada, no debería llamarse accidente.
Pero la muerte también está en las calles, en los pasos de peatones, en las autovías… y cuando la muerte te pilla en esos sitios, es siempre de improvisto, de espalda o de refilón. Sin darte tiempo a pensar, a dedicar las últimas palabras amables ni a mirar los ojos amados una última vez. En un segundo estas aquí y al siguiente no estás, has desaparecido. Y los que se quedan vivos en la tierra, tardan en entender. Tardan toda una vida en entender por qué no se iluminó el intermitente, por qué no se vio pasar al peatón, por qué el conductor aceleró bruscamente, o simplemente… por qué estaba allí, en ese coche, en ese segundo y en ese momento. ¿Por qué no llegó cinco minutos tarde? ¿Por qué no paró el conductor a repostar en la gasolinera de unos metros antes…?
La OMS estima que los traumatismos causados por el tránsito provocan la muerte de unos 700 jóvenes cada día. De hecho, los accidentes de tráfico son la primera causa de muerte entre los jóvenes de entre 15 y 29 años en España. Pero, como dice Almudena Grandes “Nadie hace demasiadas preguntas sobre los coches que se estrellan, como si las personas que los usan a diario asumieran alegremente que el destino de cualquier coche es estrellarse antes o después”. Escuchamos los números en el telediario “este fin de semana han fallecido nueve (siete/ tres/ doce…) personas en las carreteras españolas” y sacudimos la cabeza, horrorizados pero resignados. Yo ahora oigo nueve muertos y me imagino el dolor de la familia de Ángel, de sus amigos, mi dolor… multiplicado por nueve. Nueve muertos. Pensarlo me deja sin aliento. Cada vez tengo más pánico a los coches y dudo que algún día pueda sacarme el carnet de conducir porque me tiemblan las piernas si pienso en accidentes de tráfico y tengo que taparme los oídos cuando en las noticias dicen el número de fallecidos en carretera.
Iba a hablar de Ángel, pero me he dado cuenta de que he terminado escribiendo un texto de accidentes mortales, un texto sobre todos aquellos jóvenes que conocí y que no debieron morir. El mundo es peor sin ellos; más hostil, más frío…. Con sus muertes hay un motivo de tristeza eterno. Un motivo para ser un poquito menos felices, para entristecer en las alegrías siempre un poco, para recordar que la muerte puede llegar bruscamente, sin avisar… Un motivo para no olvidar que a veces se tarda menos en morir que en nacer.
Ya han pasado tres meses desde que falleciste, y en este tiempo mi ha vida ha dado mil vueltas de campana. El mundo no se ha parado, continúa, sin aflojar el ritmo. ¡Han pasado tantas cosas desde entonces! Casi todas malas, por eso espero que desde donde sea que estés, no puedas ver lo que ocurre aquí, en este planeta al que llamamos Tierra. Me enseñaste muchas cosas: los comics de Mafalda, la música de Corelli, los libros de Susana Tamaro, los bailes de la radio, los chupitos de manzana, los besos a oscuras, las frases de películas... todas estas cosas, que forman parte de mi vida cotidiana, y quiero creer que a través de ellas sigues dentro de mí.
Te echo de menos. Echo de menos tus gestos de amor, como aquella vez que te conté un sueño en el que yo tenía muchas orquillas de colores y al despertar sólo encontré de color negro, y tú, el próximo día que nos vimos, me regalaste decenas de orquillas de colorines: -Para que tus sueños tengan color. -Me dijste.
Te necesito. Necesito que me recuerdes cómo se vive, que me contagies tu pasión por la vida: el riesgo, el decir lo que se piensa.
Te quiero. Y como todavia te quiero, a pesar de que estés muerto, soy capaz de imaginar lo que dirías en algunas ocasiones. Es como si estuvieses conmigo pero sin estar.
Laura. Tuya, hasta la eternidad.
Esto es lo que pensé cuando me comunicaron tu muerte. Y no te creas, todavía, a veces, siento que no hay vida después de tí. No me gusta pensar así, porque yo sé que ver y oir a un triste, enfada. Pero no lo puedo evitar.
Me gustaría que inventases un cielo para mí. ¿Puede ser? Lo sabes, te echo de menos. Hoy... más de lo normal. No puedo evitar pensar en tus manos, tus bailes, tus frases, tus abrazos... ¿Acaso los recuerdas tú?
—Puede que no sea hoy, ni mañana, pero tengo miedo de que un día empiece a llorar y no pueda parar y se inunde la habitación y nos ahoguemos los dos. —Aprenderé a nadar.
Nunca, nunca, nunca me habían citado una frase tan hermosa. Nunca, nunca, nunca, había estado abrazada a alguien durante horas. Hasta que llegaste tú, rompiste todos mis esquemas y convertiste lo imposible en posible.
En realidad el propósito de esta misiva es el de decirte, honey, que hay cosas que para ser no necesitan permiso... y el amor es una de ellas. Una pena que hayas tenido que morir para que te dijese esto. Una verdadera lástima que en ningún momento te comentase que me encantó bailar contigo.
Porque en el fondo todo se reduce a un baile. Agradable en ocasiones, turbulento en otras, con tropiezos, caídas, e incluso empujones. Pero también hemos bailado al ritmo del compás, aunque nos haya costado, porque mira que un tres por cuatro... al principio no paras de pisar al otro pero cuando le coges el ritmo no es tan difícil. Como un vals. Sí. Quizás hayamos bailado un vals sin darnos cuenta. Me gusta la idea.
Pues lo dicho Ángel, un placer bailar contigo. Ahora, con tu permiso, intentaré bailar con las demás personas importantes de mi vida, aquellas que también merecen la pena.
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Esta entrada está dedicada a todas aquellas personas que de una forma u otra me han tendido la mano y ayudado en estos momentos difíciles. Gracias a los blogueros con los que he compartido tantos sueños y al resto de mis amigos, que día a día, están conmigo.
Los muertos se van pero los vivos permanecen y si uno continúa luchando es exclusivamente por y para las personas queridas.
Después de 12 días sin escribir por la falta de tiempo y energías, no me esperaba por nada del mundo continuar el blog con la noticia más dura que jamás he recibido:
Ángel ha muerto. En un accidente de tráfico.
Llevo 48 horas en estado de shock evitando pensar en estas palabras pero ahora es cuando estoy empezando a comprender el alcance de las mismas.
Muerto. Ángel.
Ángel, para quien no lo sepa, era mi ángel de la guarda y la inspiración de mis post "La luna" y "Unos ojos diferentes".La persona que me abrió los ojos y me hizo darme cuenta de que tenía demasiados asuntos que resolver en "El cajón del ovido".
Tenemos, o teníamos (porque aún no me hago a la idea de no volver a verle) una amistad sincera y profunda. Una de esas que son tan escasas y están llenas de confianza mutua. Nuestros sentimientos iban mucho más allá del afecto. Nos queríamos.
Y él de repente, ya no está, y yo, estoy aquí, más sola que nunca, aporreando las teclas del ordenador y dejando escapar el dolor a través de las palabras: mi terapia particular.
Escarbo y escarbo en mi memoria y no recuerdo de qué hablamos en nuestra última conversación telefónica hace tres días. Lo más probable es que mis problemas monopolizasen nuestra charla (o al menos eso es lo que ha sucedido muy a menudo). Él, siempre atento y preocupado, me dedicaba palabras amables y, si estas no funcionaban, siempre tenía un chiste preparado con el que sacarme una sonrisa. Otras veces me contaba aventuras suyas y de su hermano y yo, pegada al teléfono, le escuchaba durante horas, reconfortada por el sonido de su voz: cálida y firme.
Ahora recuerdo la última vez que estuve con él. Vino a casa y se le ocurrió que era una buena idea ponernos a bailar en el salón. Yo, vergonzosa de mí, me hice de rogar pero, como siempre, él me persuadió y se salió con la suya. Por supuesto, era mejor bailarín que yo, pues de algo habían servido sus horas de discoteca pavoneándose delante de las chicas. Porque, indudablemente, era un Don Juan. Un Don Juan moderno y nada modesto, todo hay que decirlo.
Pues eso, que me he quedado sin Don Juan, sin pareja de baile y... lo más importante, sin amigo del alma. Que me deja un vacío muy grande imposible de llenar. Que lo que yo necesito no es ni tiempo ni leches, que lo único que me quitaría esta pena sería verle, tocarle... despertarme y descubrir que todo ha sido una pesadilla.
Si al menos pudiera depositar mi fe en algún dios y en el mundo de los cielos... Pero no, no puedo porque cuando los muertos se van, desaparecen para siempre y dejan solos, muy solos y muy tristes, a los vivos.
“Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontraras a ti mismo, y esa solo esa puede ser la mas feliz o la mas amarga de tus horas”
Pablo Neruda
Le encantaban los poemas y esta frase era una de sus favoritas. Me temo que no le dio tiempo a encontrarse a sí mismo en sus escasos 18 años de vida. O quién sabe, quizás siempre supo más de lo que yo creía, porque en ocasiones él parecía conocerme mejor que yo a mi misma. Ojala. Ojala Ángel supiese cuánto le quería. Ojala hubiese podido intercambiar su muerte por la mía...
¡Uf! Nunca me había dolido tanto el corazón. Es un dolor tan punzante y constante que me deja sin respiración. Algo muy diferente a cualquier emoción que hubiese experimentado antes. El sentimiento de pérdida nubla mi consciencia la mayor parte del tiempo pero... cuando pienso en Ángel... cuando me acuerdo de que esta muerto... entonces me gustaría convertirme en una ameba que se encuentra en lo más profundo del océano.
Pero continúo escribiendo. Escribiendo para sobrevivir y desarrollar una nueva técnica de evasión de la realidad.
Miro unos ojos diferentes y descubro que están abiertos para mí, y lo que es más, que me gusta ese tono que simula el del océano y me hace sentir viva.
La incertidumbre de lo nuevo, las emociones que están por llegar, el hecho de querer sumergirme en esos ojos y descubrir que puedo mirarlos sin quemarme, me hace concebir la (ligera) idea de que la fuerza humana por sobrevivir acaba ganando al dolor del corazón. La ilusión de que haya otra vez con una experiencia que no haga tanto daño al alma, me llena de expectativas. Abandonar la nada a la que estuve anclada durante tanto tiempo.
He mirado los ojos de la esperanza y lo que he visto en su interior me ha gustado. Y mucho.
"Cuando uno no se entiende a sí mismo es imposible que entienda que otros le amen, y es imposible por tanto que respete a aquellos que le quieren".
Hace tiempo leí esta frase, la escribí y la guardé en un cajón. En el cajón del olvido. El de las cosas que se ignoran a propósito para evitar que su verdad nos golpee. Pero hoy he decidido abrir ese cajón escondido. Y al hacerlo he sentido cómo los vientos pasados me envolvían dándome la bienvenida. Así, con ese aire que me animaba a seguir, he ido sacando poco a poco todos los males del cajón. Y uno a uno me he ido enfrentando a ellos.
Lo primero ha sido encarar la culpa. Un sentimiento que no ayuda en nada. Lo que realmente cuenta es la acción. La decisión de cambiar la situación. Ninguno de mis lastres puede ser ni será el centro de mi vida, y por lo tanto el de nadie más.
Lo segundo a sido el perdón a mi propia persona. El entendimiento de mi corazón y mi mente, que por fin se han reconciliado a través del alma. Y así, reinventada y con los retazos de mi vida en armonía, he llegado al punto más espinoso.
El daño que he generado en los demás durante mis meses de olvido. La única excusa que tengo es mi propio dolor, que me ha cerrado los ojos ante el de los demás. Pero es una excusas pobre y barata por lo que sólo me resta pedir perdón por mis errores a todos los que me han sufrido y hablar con los más afectados. Entono el "Mea Culpa". No se puede desatender a los seres amados bajo ninguna circunstancia. Espero que aun no sea tarde para renacer de las cenizas y engendrar un nuevo yo. Un yo con las virtudes del pasado pero con la lección de los defectos aprendida.
Por último, he tomado una decisión. He elegido mi vida: instituto y amigos. Lejos de la depresión de casa y de la soledad. "En el término medio está la virtud" (dijo Aristóteles). Pues una vida lo más normal posible junto con un tratamiento es mi elección. Eso sí, me tomaré las cosas con calma. Hasta donde pueda llegar. Evitando el estrés y la frustración.
Cuando he cerrado el cajón del olvido, este estaba vacío. Limpio de impurezas. Preparado para convertirse en el cajón del recuerdo. Y al fin, después de rebautizar a mi cajón, he podido respirar tranquila. Libre de esa bola gris de tristeza que antes me oprimía la garganta. Libre. Al fin.
Ya no soy el seísmo del dolor . Ahora soy Kaede: la chiquilla de los claros de luna. La que si quiere, puede. La que ha conocido la felicidad y sabe que es una meta factible porque por muy nublado que esté, siempre acaba saliendo el sol. Soy Kaede la que tiene toda la vida por delante. Kaede la que ya no se guarda rencor a sí misma. Kaede, que en realidad se llama Laura. Y Laura, que os saluda.
"Cuando uno no se entiende a sí mismo es imposible que entienda que otros le amen, y es imposible por tanto que respete a aquellos que le quieren. Pero el tiempo nos ofrece sólo dos opciones: o asumir lo que somos, o abandonar; y si no abandonamos, si decidimos quedarnos en este planeta minúsculo y pactar con nuestra aún más minúscula vida, podemos interpretar esta resignación como una derrota, o como un triunfo."
Mi amigo Ángel siempre que me ve en mis horas bajas me dice una frase de un libro que leyó y por lo visto le caló hondo:
-Luz, para que investigues el motivo de tu tristeza.
Y ahora, que estamos en invierno y apenas hay luz, le he preguntado...
-¿Y en diciembre? ¿De dónde saco la luz para investigar mis penas?
Me ha contestado con total seguridad, como si la respuesta fuese obvia.
-¡De la Luna! ¿De dónde la ibas a sacar?
Y claro, esto me ha dado tema sobre el que pensar durante todo el día. Esta semana hay luna llena. Luna resplandeciente y repleta de luz. ¡Qué coincidencia! Esta noche, al volver a casa, me he parado y he mirado al cielo, deseando que los rayos de Luna me alcanzasen y me transmitiesen un poco de la esperanza que tanto necesitaré este puente.
Desde el principio de los tiempos la humanidad se ha sentido fascinada por ella. Ha sido objeto de reflexión por parte de los científicos e inspiración para los artistas.
Aquí os dejo una recopilación de obras que el ser humano ha creado inspirándose en la Luna. Para todos los gustos.
EN LAS NOCHES CLARAS
En las noches claras, resuelvo el problema de la soledad del ser. Invito a la luna y con mi sombra somos tres.
Gloria Fuertes
La Luna se aleja lentamente de la Tierra, a razón de 38 mm por año, 3 metros cada siglo (o al menos eso es lo que he leído).
La luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía Un pedazo de luna en el bolsillo es el mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir
Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados. Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas
Jaime Sabines
Sus mares y océanos no contienen una sóla gota de agua pero se tienen curiosos nombres: Mar de Crisis, Mar de la Serenidad, Mar de la Fecundidad, Mar de Néctar, Mar de la Tranquilidad y Océano de las Tempestades.
VIAJE
Hoy me mira la luna blanca y desmesurada.
¡Es la misma de anoche, la misma de mañana. Pero es otra, que nunca fue tan grande y tan pálida. Tiemblo como las luces tiemblan sobre las aguas. Tiemblo como en los ojos suelen temblar las lágrimas.
Tiemblo como en las carnes sabe temblar el alma.
¡Oh! la luna ha movido sus dos labios de plata.
¡Oh! la luna me ha dicho las tres viejas palabras: «Muerte, amor y misterio...» ¡Oh, mis carnes se acaban! Sobre las carnes muertas alma mía se enarca. Alma —gato nocturno— sobre la luna salta. Va por los cielos largos triste y acurrucada. Va por los cielos largos sobre la luna blanca.
La Luna se nos va pero los hombres no pierden el tiempo. Ya han comenzado a vender parcelas en la Luna por un valor de 6,8 millones de dólares.
La luna vino a la fragua con su polisón de nardos. El niño la mira mira. El niño la está mirando.
En el aire conmovido mueve la luna sus brazos y enseña, lúbrica y pura, sus senos de duro estaño.
Huye luna, luna, luna. Si vinieran los gitanos, harían con tu corazón collares y anillos blancos.
Niño déjame que baile. Cuando vengan los gitanos, te encontrarán sobre el yunque con los ojillos cerrados.
Huye luna, luna, luna, que ya siento sus caballos. Niño déjame, no pises, mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba tocando el tambor del llano. Dentro de la fragua el niño, tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían, bronce y sueño, los gitanos. Las cabezas levantadas y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya, ay como canta en el árbol! Por el cielo va la luna con el niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran, dando gritos, los gitanos. El aire la vela, vela. el aire la está velando.
Federico García Lorca
Brilla la luna triste, de sus ojos brotan lágrimas, un lucero la acompaña, en su silenciosa morada.
Hilillos de luz me lanza, con absoluta ternura, mis ojos besar procura, para arrullarme en mi cama.
Bombilla de mi alma eres, dulce canción que me calma, esas penas que aún cabalgan, en mi corazón que te quiere.
Brilla La luna triste, porque mis besos no te alcanzan, acompáñame en mi andanza, por los caminos que existen.
Luciérnaga de mis noches, faro inmenso, corazón en llamas, permite que mi poema llegue, a tu mirada lejana.
Jhonny Caro
Un beso de luna para todos y cada uno de vosotros.