21 de enero de 2015

Baile libertario

Ha sido esta tarde. Creo que eran las ocho, pero quizás eran las siete. En realidad podría haber sucedido a cualquier hora de cualquier día. El tiempo es tan relativo y, hasta cierto punto, irrelevante…

Tenía los codos apoyados sobre el escritorio y las manos sujetando mi cabeza mientras mi mirada se dirigía a los apuntes extendidos por toda la habitación. Se escuchaba, de fondo, una lista de canciones reproducidas desde el ordenador. Mi mente, agotada y abotargada tras un día de pensamientos estériles, divagaba a sus anchas. La ventana, abierta, permitía que entrase un viento invernal que mi cabeza acogía con sumo gusto, aliviada por la analgesia que produce el frio.

Estaba, pues, absorta en mis desvaríos, cuando de pronto ha sonado una canción notablemente diferente al resto. Las anteriores eran tranquilas, tirando a melancólicas, mientras que la melodía de esta canción desprendía alegría y vitalidad. Mi cuerpo se ha levantado de la silla y, como si se tratase de un reflejo natural, ha empezado a moverse al son de la música. Primero suavemente: los hombros y brazos balanceándose, las caderas rotando interna y externamente, los tobillos preparados para saltar. Y a continuación, ese impulso, esa llamada de lo salvaje que surge cuando el ritmo musical aumenta y ya no hay cielo ni infierno capaz de contener la pasión desbordante y la honda intensidad. Se trata de una despreocupación total y absoluta que induce a olvidarse de todo. Una vorágine corporal en la que no existe nada más allá de ese instante. No hay nada más importante que vivir ese momento, permitir que el cuerpo haga de las suyas y la mente se deje llevar por el baile desbocado.

Ha terminado la canción y me he acercado rápidamente al ordenador para buscar otra que mantuviese el nivel de intensidad y motivación. Una que no hiciese disminuir tal éxtasis y me permitiese seguir con el baile libertario. Llevaba ya unos quince minutos así y mi enajenación empezaba a ser ciertamente alarmante, cuando he mirado distraídamente a través de la ventana y me he topado con unos ojos fijos en mí. Desde la terraza de enfrente me observaba un chico. He sufrido un “tierra, trágame” muy potente. Estaba recuperando la compostura y a punto de cerrar la ventana y bajar la persiana, cuando he oído que el chico decía algo. Me pedía que siguiese bailando, que no parase por su culpa, porque la felicidad que desprendía era contagiosa y daban ganas de unirse. Los que me conoceréis sabréis que me he sonrojado y casi muero de vergüenza. Pero no era vergüenza por mis espasmódicos bailes, y tampoco por el piropo. La culpable de mi sonrojo era esa sensación de intromisión externa. Lo que creía secreto y ajeno a cualquier juicio externo, había dejado de serlo.

Somos nada más y nada menos que la forma en la que bailamos, suspiramos, actuamos... cuando no hay nadie delante (o no somos conscientes de que lo hay). Es entonces cuando mostramos el yo más profundo y visceral; el yo más pleno y libre.

Sería absurdo preguntarse por qué no se baila así en las discotecas o los bares (obviando el problema de los gustos musicales, que ese es ya otro cantar). La mayoría de la gente solemos bailar (y vivir, que al fin y al cabo es lo mismo) conteniéndonos. Esa reticencia a mostrarse, a exponerse, ese miedo a ser juzgado… nos tiene atemorizados. Y todos sabemos que no, no hablo de bailar. Hablo de vivir, de sentirse eterno, de “me va la vida” en esto que estoy haciendo.
Asumámoslo, a menudo vivimos perseguidos por el miedo,el cual nos convierte en prisioneros de nosotros mismos. Y sólo aquel que no tiene miedo puede alcanzar la libertad en plenitud y por tanto ser (siempre) uno mismo en estado puro.

5 de enero de 2015

Ups and downs

When you live passionately, you experience all the ups and downs. The thing is: when you are up, you are high above the clouds, and when you are low, you are way down there in the pit of despair. Perhaps a middle ground would be the best. It seems logical, but... is this the way to go? I mean, I know successful people live this way as well, and I have lived like this at certain points in my life (I guess I sometimes get exhausted of that up and down wave). But I have learned a lot living in the wave, I have created many rich experiences and opportunities that others thought did not exist. There is no other way for me to live.

31 de diciembre de 2014

"Más ojos que días tiene el año"

Pues ya estamos a 31 de diciembre. Tal día como hoy, mi abuelo habría soltado su manida broma: "Esta mañana he visto en la plaza un hombre con más ojos que días tiene el (este) año". Es una tontería, pero tras años escuchándola, ya no puedo pasar una nochevieja sin pensar en esa frase. El subconsicente siempre nos acerca a nuestras costumbres...
Podría decir muchas cosas, pero las palabras no alcanzan para explicar algunas emociones. Cuando se trata de asuntos vitales... no hago balances (eso se lo dejo a los economistas). Mi única certeza es que merece la pena. No se trata de sobrevivir a un año, sino vivir intensamente cada día. Y lo sé, sé que la vida puede ser maravillosa pero también muy puta. Habrá a quien le haya ido mejor últimamente y a quien le haya ido peor y esté hasta las narices de leer reflexiones de nochevieja, así que seré breve: nada termina esta noche, nada excepto un convencionalismo denominado "año" (que no es otra cosa que 365 días); todo lo demás sigue. Mañana tan "sólo" emepezará un nuevo día, y como siempre, una nueva lucha con sus nuevas oportunidades.
Gracias a quien corresponde por hacerme vivir el amor y el hogar, gracias a quien corresponde también, por hacerme vivir la amistad, y gracias a los demás por formar, o haber formado, parte de mis días. Deseo que tengáis (y compartáis) muchos momentos de paz y felicidad.

23 de noviembre de 2014

Bucear océanos

Todos tenemos nuestros océanos que cruzar, obstáculos que sortear, miedos que superar, y sueños por cumplir. A cada uno nos toca lidiar con los propios, y aunque a veces nos pueda parecer una temeridad enfrentarnos a ellos, he de decir que merece la pena. Merece la pena dejarse la piel en cada intento, arriesgarse a la pérdida, exponerse al fracaso, levantarse tras las caídas, y seguir la lucha, día a día. Y sí, es cierto, para ello hay que reunir una gran cantidad de coraje, pues el recorrido no es fácil, pero nadie dijo que la vida fuese un camino de rosas.
Echémosle valor para vivir como queremos.

12 de noviembre de 2014

Equipaje intangible

Siempre me pasa, los viajes me transportan a un estado metafísico antes incluso de que haya comenzado el trayecto.
Todo empieza con la maleta. Todo empieza con un "¿qué me llevo?" y un "¿qué necesito?", sucedidos por una pereza mental que me lleva a maldecir lo coñazo que son las cosas materiales y a desear no necesitar nada. Me sobra todo menos el alma. Y es que hay días en los que no entiendo por qué hay que vestirse, calzarse, usar acondicionador o crema (¿por qué tenemos un cuerpo del que cuidar?).
A veces me resulta tan irrelevante lo tangible que me aburre. Es más, creo que cuando se trata de viajar, el equipaje debería ser etéreo, estar formado única y exclusivamente por nuestros mundos intangibles e inteligibles.
En fin, todo esto para decir que odio hacer maletas y que ojalá pudiésemos llenarlas de personas en vez de objetos. En serio, son mucho más necesarias y nos hacen más felices.