14 de agosto de 2014

Avidez de verano (fugaz)



Con una delicadeza aparentemente impropia en él, extendió el brazo a lo largo de la ancha cama y deslizó las yemas de sus dedos corazón y anular sobre mi hombro descubierto, trazando un círculo sobre mi piel morena y ardiente. Apenas un roce y retiró la mano.
Nuestras miradas incendiadas se cruzaron durante una milésima de segundo y enseguida huyeron la una de la otra. No se trataba de mimos o caricias, tampoco de una pasión desenfrenada; eran ganas de formar parte del otro, ganas de sumergirse, ganas de ahogarse en la otra persona, pero también era miedo; miedo a formar parte del otro, miedo a sumergirse, miedo a ahogarse en la otra persona...
La fascinación y el deseo se mezclaban con el vértigo y el pánico, creando una combinación explosiva que me dejaba sin aliento.
Sacudí la cabeza con cierta brusquedad, como intentando espantar cualquier resto de los molestos pensamientos racionales, de las cargantes reflexiones emotivas (siempre tan manidas y cursis), de la amarga preocupación y del oscuro miedo...
Lentamente, renuentemente, me levanté de la cama y con pasos desnudos y sigilosos salí de la habitación dejando tras de mí la puerta entornada (no me atreví a cerrarla del todo, quizás por no despertarle) y la certeza de que ambos nos moríamos por querer al otro, pero ninguno de los dos deseábamos cargar con el peso y la responsabilidad de ser queridos.
Y sin embargo, qué más daba. Qué importaba nada si en ese momento, en ese preciso instante, teníamos los corazones pletóricos y acompasados, los cuerpos brillantes, las mentes lúcidas y febriles, en simbiosis, el alma vibrando al unísono... si nos sentíamos vivos y dementes.
La luz del sol lo bañaba todo a su alrededor, y su claridad nos calaba hondo.
Ningún verano debería tener fin.

15 de julio de 2014

Vivir sin desvivirse no es vivir

Me pasa con cierta gente, de repente conozco a alguien, o me fijo en alguien que antes no había "visto", y que ahora me deslumbra. No sucede a menudo, porque derribar mis barreras no es nada fácil, pero de repente alguien (un familiar/un amigo/un desconocido) entra y no hay manera de hacerle salir. Me vuelvo loca e irremediablemente apasionada. El resto de personas que me rodean (y a las que quiero) pasan a un segundo plano. El mundo se para y yo sólo quiero adentrarme más y más en ese alguien, quiero formar parte de él. Me vuelco, derramo todo mi ser, hasta quedarme seca y consumir todas las emociones.
Cuando la fiebre pasa, deja en su lugar mucho cariño y una ternura considerable. Me gusta conservar a esas personas (de una manera u otra) en mi vida, conocerlas con calma, con equilibrio, reforzar la amistad... Ser serena y estable.
Y cuando parece que todo marcha bien, que tengo las relaciones personales bajo control, vuelve. Vuelve la sed de otra persona y ese periodo de "enamoramiento" que es como una droga, una puta locura que me vuelve la cabeza del revés y el corazón boca abajo.
Es en estos momentos cuando suelo dar rienda a mi yo más puro (o más visceral), así que cuando me faltan los echo de menos, pero cuando están me siento como si una vorágine de emociones asfixiantes amenazase con ahogarme (y a ratos lo lograse). Odio y amo esta dualidad casi tanto como me amo y odio a mí misma.
Pero en el fondo sé que no podría vivir sin apasionarme, por mucho que me maree y confunda, pues al final siempre vuelvo a montar en la montaña rusa. Otra vuelta, por favor, que no sé vivir sin desvivirme un poco más.

25 de junio de 2014

Ana María Matute

La muerte de Ana María Matute me ha dejado tan tocada como cuando, a los 6 años, escuché en la radio que acababa de morir Gloria Fuertes, y me pasé la noche llorando. Y eso que de Gloria, por aquel entonces, sólo conocía sus Versos Fritos, algunos cuentos (El hada acaramelada, Las tres reinas magas...) y adivinanzas. Pero Gloria me había descubierto un mundo nuevo en el que yo me había adentrado de su mano, una mano que ni siquiera conocía, pues de Gloria sólo había visto el rostro desafiante que aparecía en las contraportadas de sus libros infantiles. Sin embargo, Gloria no era una desconocida, mi forma de ser ya incluía sumergirme en su mundo y bucear en sus palabras, ¿cómo no iba a sentirme más vacía con su muerte?
Lo mismo sucede ahora con Matute, con la diferencia de que llevo casi toda mi vida leyéndola. Me reconozco en sus cuentos, en sus novelas, en sus palabras...
Su discurso de ingreso en la RAE está impreso y guardado en el segundo cajón de mi mesa, alguna de sus frases más inspiradoras están escritas en la libreta que guardo en el primer cajón, sus novelas, en el tercer estante, la mayoría de sus relatos, en la carpeta del club de lectura, y unos pocos, con los que más me identifico, en el espacio que hay en la cabecera de mi cama.
Ana María Matute está en mi aprendizaje literario y vital y en mi práctica docente, en los cuentos que he leído con los alumnos de este curso y del anterior, en los niños de 5º y 3º de Primaria a los que he dado Lengua. Las palabras e ideas de Matute están en mi TFG y en mi memoria de Prácticas...
Sus lúcidas invenciones ("el que no inventa, no vive"), sus reflexiones ("a veces la infancia es más larga que la vida...persiste más"), su manera de ver la vida ("La Literatura ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas"), su aprecio por el niño interior (ese que todos fuimos y que ella ha mantenido hasta el final)... revolotean dentro, muy dentro de mí. Tan dentro que forman parte de quién soy.

1 de junio de 2014

Mientras Duró (fragmento)

Vuelve Luis, ahora, a mi mente. Vuelve la nostalgia de él. Nuestro encuentro me ha afectado más de lo que imaginé. Sólo le retengo un momento, cuando, desnudo entre mis brazos, se abandonaba a mi cuerpo. Le retengo un poco más, en esos besos que posaba sobre mis párpados, en esa mirada interrogante que me causaba tanto placer y tanto dolor, diciendo en silencio: "¿qué buscas?, ¿qué miras?"
Le echo de menos, y no se me había pasado por la cabeza que ahora lo fuese a necesitar. Estoy tan acostumbrada a prescindir de él…

27 de mayo de 2014

Vértigo

Y vuelve, sin avisar, el martilleo en el corazón que anticipa el vértigo y su posterior vacío. Apenas dura unos segundos, pero son suficientes para que reconozcas la sensación que se viene repitiendo en las últimas semanas. Ese anhelo inexplicable, esa necesidad de nada (lo tienes todo y a todos). Entonces, ¿qué es? ¿qué te falta?
Buscas, pero no encuentras una respuesta lógica. La coherencia dice que todo va bien, y sin embargo te sientes incompleta.
De pronto, lo ves. Te ves a ti misma, extranjera y extraña, en otra tierra y otro tiempo (que en realidad no son tan lejanos). Con la melena al viento, saltando sobre un trampolín mientras los aspersores del jardín llueven sobre (y para) ti. Tienes la despreocupación dibujada en el rostro y las manos preparadas para la siguiente voltereta en el aire. En definitiva, te sobran las ganas de echar a volar y la confianza en poder hacerlo. Te ves. (Ojalá te reconocieses).