27 de junio de 2018

Sin palabras

He intentado escribir algo a lo que aferrarme. Pero no he encontrado las palabras. Es más, sentía (y siento) que aún no existen aquellas que necesito.
Luego me he reconocido al recordar la frase de Pizarnik: "para que las palabras no basten es preciso una muerte en el corazón".

31 de mayo de 2018

Skolatāja

Durante un tiempo maravilloso (que ahora se antoja tan corto) he tenido el honor de ser (entre otras cosas) skolatāja (profesora) en la escuela primaria y secundaria de Rekova (Letonia).
Ha sido un gran reto; no solo para mí, sino también para el resto de profes y, por supuesto, para mis alumnos (con edades comprendidas entre los 4 y 16 años). La falta de un idioma en común podría haber sido un problema, pero gracias a la paciencia, el cariño, la comprensión y el tiempo de mucha, mucha gente, hemos sacado el curso adelante. ¡Y menudo curso!
Ha estado lleno de vivencias muy intensas, experiencias nuevas, e incluso algunas situaciones surrealistas (un alumno letón, de 10 años, haciendo de traductor de inglés para una reportera española). Juntos hemos pasado frío y penas, pero también calor (¡espléndida primavera!), muchas alegrías e infinitas sonrisas. También hemos compartido idiomas y culturas (más de cuatro).
He podido acompañar a los más mayores mientras se van afianzando en este loco mundo y forjando como personas. Me he emocionado cada mañana de miércoles y viernes (siempre que lograba compaginar el cole con la guarde) con la ilusión inagotable de los más pequeños. Sus cálidos abrazos quedarán para siempre guardados en mi memoria.

Ésta es, probablemente, la aventura más enriquecedora que he tenido nunca. He aprendido tanto y de tanta gente…
Tengo la certeza de que mis alumnos me han enseñado mucho más que lo que yo haya podido llegar a inspirarles a ellos.
Hoy ha sido el último día de curso y el colegio al completo me ha dado las gracias con palabras, pero sobre todo con flores (es así como los letones muestran su gratitud y aprecio).
Yo, sin embargo, me he quedado sin habla. Y es que ya me siento una más de esta gran familia que es Rekova (y Viļakas pagasts) y no puedo imaginarme cómo serán las mañanas a partir de ahora, sin tropezarme con decenas de alumnos que me digan: Hi! Labrīt! Привет! o incluso… ¡Hola!
Sólo puedo decir:
LIELS PALDIES PAR VISU!

12 de abril de 2018

Primavera

Me oíste llegar porque estaba riéndome a carcajadas mientras subía las escaleras; después me viste, con flores prendidas en el pelo y acarreadas en los brazos...
Tras tu mirada de curiosidad, te expliqué que la primavera me avisaba de su llegada cuando mis alumnos empezaban a recibirme por las mañanas con flores que recogían camino al cole.
Me cogiste de la mano y me llevaste al parque. No paraste hasta que encontraste la flor más bonita de todas. Con la misma carita de ilusión que ponían mis niños, me la ofreciste en un gesto impaciente, más tosca que gentilmente. Y sonreí, porque en aquel momento fui consciente de que la primavera no es la causa de que broten flores en mi vida, sino tú.
(Qué suerte compartir primaveras contigo, aunque sea a miles de flores de distancia -geográfica-)

12 de febrero de 2018

Cálida excursión invernal

De vez en cuando, todos deberíamos volver a pasar una tarde teniendo 13 o 14 años. Hoy mis alumnos de séptimo me han llevado de excursión. Para empezar la aventura, hemos cruzado un estanque congelado al que a veces van a pescar. Luego hemos atravesado el bosque mientras saltábamos sobre la nieve, que nos llegaba más arriba de la rodilla. Subir y bajar colinas ha sido todo un reto (os juro que me sentía como en la pelicula de El Señor de los Anillos, en la ladera de la montaña, luchando contra la nieve y el viento). Tras trabajar un rato las piernas, hemos llegado a un pequeño cementario donde están enterradas antiguas generaciones rekovesas. Como lo estábamos disfrutando tanto, hemos seguido recorriendo el pueblo. Me han ido enseñando y explicando con detalle cada edificio, comentando quíen vive en cada casa, qué es lo que están construyendo al lado de la antigua iglesia, y dónde te dan el título cuando terminas el instituto.
Se nos ha acabado el pueblo y hemos continuado andando unos kilómetros hasta el siguiente. Allí me han enseñado la iglesia ortodoxa y hemos hecho otra ruta entre las casas, descubriendo no sólo dónde vive el alcalde, sino profes y alumnos, y averiguando quién cultiva té y frutos rojos, entre otras y variadas verduras, frutas y horitalizas.
Y antes de emprender el camino de vuelta... he bajado una rampa en trineo, mientras ellos me impulsaban y yo rezaba en mi interior para no acabar de cabeza en el río.

He aprendido tanto con ellos...
Me han mostrado en la nieve las huellas de animales y me han enseñado a reconocer las diferentes especies arbóreas de la zona. Me han contado muchas cosas sobre sus familias, sus intereses, aficiones, costumbres, mascotas...
Y cómo no, me han enseñado letón (otra cosa es que ya se me haya olvidado).
No os hacéis una idea de cómo se han esforzado por encontrar las palabras para expresar lo que querían contarme. Han sido tan pacientes... repitiendo las cosas en un idioma y en otro para hacerme partícipe en todo momento.
De verdad que estoy abrumada ante tanta paciencia, cariño, educación, alegría, ilusión...
Eso es lo más importante que me han enseñado hoy: a mirar el mundo y vivirlo desde la emoción y generosidad, compartiendo parte de nosotros con los demás.
Liels paldies, meitenes un zēni! Los 14.000 pasos que hemos dado esta tarde me han acercado aún más a vosotros y a vuestra cultura (cada vez más "nuestra").

29 de enero de 2018

Madrugada del 29 de enero de 2018

Hay madrugadas en las que los sueños se vuelven reales sin necesidad de cerrar los ojos. Madrugadas de miradas brillantes y corazones que revolotean en el pecho.
Hablo de las madrugadas por las que merece la pena cualquier pesadilla. Esas madrugadas plenas que desbordan vida y emociones. Madrugadas para grabar a fuego en la memoria. Madrugadas catárticas.
(Gracias a la vida por seguir sorprendiéndome y regalándome madrugadas únicas e inigualables.)
--
06:41 am, 29 de enero de 2018. Rekova, Letonia.

17 de enero de 2018

Ni una más

Qué pálida esta noche. Qué vacío el mundo cuando no podemos compartirlo. Qué agradable cárcel la de tus manos. Qué deliciosa tortura. Qué agonía más placentera.
Yo, que creía en pájaros y libertades, en alas siempre abiertas, en vuelos lejanos y eternos. Yo, que creía en el espacio vital, en la suavidad del amor distante... Experimento dicha y dolor tras estas rejas. Me escondo en tus brazos/ escudo. Me recreo en tus ojos intimidantes y agresivos. Me pierdo en tu mirada asfixiante, dueña de todo. Escucho tus hirientes palabras y las repito hasta hacerlas mías.
Eres poseedor de cada uno de mis latidos.

¿Qué pálida esta noche? ¿Qué vacío el mundo cuando no podemos compartirlo? ¿Qué agradable cárcel la de tus manos? ¿Qué deliciosa tortura? ¿Qué agonía más placentera?
No.
Qué
loca
realidad
más
atroz.
#NiUnaMás

20 de octubre de 2017

"Pero una palabra tuya bastará para sanarme..."

Siempre he creído en el poder de la palabra (imposible no hacerlo siendo una amante de la lectura) y he intentado contagiar esa fe en las palabras a quien he podido (sobre todo a mis alumnos, que, por qué no decirlo, son los que más me escuchan y los que más importancia dan a todo lo que digo).
Una sola palabra, tan sólo una, puede herir sensibilidades, subir el ánimo, despertar inseguridades, mostrar afecto… Con una frase… Imaginaos. Con una frase podemos hacer sentir único y maravilloso a alguien, y si procede desde lo más hondo, se puede crear el recuerdo más importante en la vida de una persona; se puede, incluso, hacer que un niño crea en sí mismo.
Las frases de agradecimiento son de mis favoritas. Con unas pocas palabras, en menos de dos segundos, se puede lograr que un anciano se sienta útil, que un enfermo se olvide del dolor por unas horas…
De verdad que no exagero cuando digo que las palabras salvan vidas. Es más… hasta las frases más cotidianas y cordiales tienen su importancia.
Hace ya unos años me contaron una anécdota de estas que le sucede al conocido de un conocido y ya uno no sabe qué es mito y qué realidad. Pero tampoco creo que eso sea relevante en este caso.
Pongamos que la protagonista se llama Claudia y trabaja en una empresa farmacéutica. Todas las mañanas Claudia, educada y amable, cuando entra al edificio en el que trabaja, saluda en recepción, les desea un buen día, coincide en el ascensor con el encargado de Seguridad del edificio y entabla una conversación amena con él. Claudia le pregunta por sus hijas, a veces por lo que ha hecho el fin de semana… y otras se quedan ambos callados mientras él tararea una canción, o ella mira a toda prisa el portafolios que tiene que entregar a su jefe en cuanto llegue a su puesto de trabajo. A lo largo del día se vuelven a encontrar (no siempre, pero a menudo). A veces en la cafetería, otras en el hall principal…
Por supuesto, el segurata no es la única persona con la que interacciona Claudia en su jornada laboral. De hecho, probablemente, su interacción con ese hombre sea una de las más “irrelevantes” de su día a día. Y sin embargo, todas las tardes, cuando Claudia termina su jornada laboral (es de las últimas en marcharse), se pasa a despedirse del guardia (que normalmente a esas horas hace su ronda). Le llama por su nombre y, con afecto, le desea una buena tarde y un “hasta mañana”.
En la planta en la que trabaja Claudia hay cámaras frigoríficas. Una tarde Claudia entra en una de ellas para dejar unas muestras. Se sumerge en las inmensidades de la cámara y, pensando que no hay nadie dentro, un compañero cierra la puerta desde fuera diciendo algo así como “de verdad, siempre os las dejáis abiertas, como nos pille el jefe…”.
Nadie se da cuenta de que Claudia lleva dos horas ausente de su puesto de trabajo. Todos los compañeros se van marchando, uno a uno, y ninguno se pregunta por el paradero de Claudia. Mientras tanto, ella, muerta de frío, sigue dando porrazos a la puerta y llamando a voces a alguien. Pero está demasiado lejos y la puerta es demasiado gruesa. No hay cristal. Nada que le ayude a ser vista.
A estas alturas seguro que sabéis quién se acuerda de Claudia. Quién, extrañado de haber recibido los buenos días y no las buenas tardes, de haberla visto entrar pero no salir, decide, antes de cerrar las oficinas, echar un vistazo. Y como sigue sin verla, vuelve a echar otro vistazo y peina la planta en la que trabaja Claudia. Sigue sin verla, y de repente se le ocurre… “a ver si… no, no creo, pero a ver si se va a haber quedado…”.
Efectivamente, ahí está ella, con los labios azules y a punto de la hipotermia, viendo, incrédula y llorosa, cómo Óscar le salva la vida.
Así que, indudablemente, las palabras salvan vidas. Y éste es un caso exagerado, pero lo cierto es que un “te quiero” dicho a tiempo puede evitar finales nefastos. Y qué decir de un: “Me importas”, “Perdón”, “Puedes contar conmigo”, “Sí”... Incluso una simple sonrisa en el momento indicado… puede cambiarlo todo.
Me reafirmo. Hay palabras que sanan y otras que hieren. Pero abogo por las curativas. Siempre.

31 de agosto de 2017

Hogar

Hace tiempo que aprendí que hogar tiene más de sintagma nominal y nombre propio que de complemento circunstancial de lugar.

31 de mayo de 2017

Rescoldos

Cuando solo quedan reminiscencias de cierto olor, de determinadas palabras... Cuando la vida se reduce a vestigios de lo que se tuvo y se perdió. Cuando los recuerdos nutren y envenenan a la vez. Cuando tu mundo arde hasta convertirse en meras cenizas... ¿Cómo reconstruirlo?
(Todavía me queman las palmas de las manos de abrirme paso entre tanto rescoldo.)

20 de marzo de 2017

Papá

Mi padre perdió al suyo con ocho años. Mi madre pudo disfrutar de su padre durante más de cinco décadas.
Yo llevo veinticuatro años compartidos con el mío y... no le cambiaría por nada del mundo. Si hubiese podido elegir padre... le habría escogido una y mil veces. Es una suerte tener este padre tan paciente, inteligente, comprensivo, habilidoso, culto, atento, entregado, desprendido... Y me quedo corta, porque las palabras no alcanzan a describir cómo son nuestras reivindicativas conversaciones, cómo me hace sentir con una palabra de ánimo, o la seguridad que me proporciona el saber que siempre podré contar con él, ya sea para que me arregle el ordenador, me recomponga el corazón, me recuerde tomarme las pastillas, me dé consejos sobre el contrato de la luz, o me recomiende una canción de los sesenta.

Me conoce como nadie. Sabe ver cuándo pierdo la paciencia y puede pararme los pies, también conoce mi desesperación ante las injusticias y sabe tranquilizarme con un: "No sufras, hija. No puedes cambiar el mundo de golpe. Empieza cambiando lo que esté a tu alcance."
Y si en la tele dan una noticia y el presentador se expresa sin propiedad, o comete un fallo lingüístico, o hace una pausa donde no debe... nos mosqueamos ambos, porque: ¡Menudos periodistas, que no cuidan el lenguaje!
En casa siempre hemos procurado cuidar el lenguaje, y la educación, el civismo, la empatía, el trato a los demás... cuidar todo lo que nos hace humanos. Eso me lo enseñó él. También me enseñó a creer en mí misma, a luchar por mis sueños, a buscar (y encontrar) mi propio camino... Me enseñó lo que es el amor y la entrega. Y me enseñó a merecerlos.
Gracias a él soy quien soy.

Aprendí a montar en bici gracias a su paciencia y su tranquilidad. También ecuerdo volver del cole con las notas... y entregárselas con ilusión a mi padre, esperando ver en su cara esa mirada de orgullo y esa sonrisa de satisfacción. Supongo que el haber sido buena estudiante se lo debo en gran medida a él. Quería que se sintiese orgulloso de mí, que tuviese la hija que se merecía.

Cuando me aficioné a Bob Dylan, me regaló su autobiografía en inglés, y cuando él mismo me descubrió a Van Morrison, me prestó todos los vinilos que tenía. Cuando di mi primer concierto de flauta travesera... ahí estuvo él. También en el último. Cuando cumplí 18 y le dije que me iba de voluntariado yo sola, sonrió y asintió. Cuando decidí mudarme a Inglaterra durante unos meses, fue el primero que me apoyó. Cuando le dije que algún día sería profesora en una aldea perdida de África... no se rió; me tomó muy en serio.

Si puede ayudarme con algo (del trabajo, de la casa, de lo que sea...) lo hace encantado. ¡La de veces que... ha hecho de chófer llevándome de un sitio a otro, que me ha acompañado al médico, que se ha quedado despierto esperando a que volviese de noche...!
Todo lo que pueda darme es poco para él. Por eso no me avergüenza decir que no sólo es el hombre de mi vida, sino también la persona de mi vida; la más importante.

14 de marzo de 2017

Demasiada felicidad

Desde el primer momento en que leyó el título de aquel libro: “Demasiada felicidad” se sintió identificada.

Podría decirse que lo tenía todo: el marido entregado, la casa recién estrenada a la que llamaba hogar, el trabajo de sus sueños… Era tan dichosa, tan implacablemente feliz… Moría de felicidad a cada segundo. Y no hablo de esa felicidad calmada, ni de esa paz interior. No. No se trataba de sosiego ni de alegría contenida. Todo era intensidad vital. Se derretía de amor y de vida con cada palabra, cada gesto, cada acción y decisión. En sus ojos latía la eternidad. No hay palabras para describir la emoción y el vértigo constante. Imposible explicar ese compromiso absoluto para con la vida y sus designios. Se volcaba en cada instante, dándose por completo, abriéndose en canal, entregándose como si le fuese la vida en cada situación. Exprimía cada momento y se bebía el jugo resultante. Después lamía el vaso, rebañando con la lengua y degustando toda esencia restante. Paladeaba la vida como solo algunas personas saben: saboreando hasta los trozos más amargos. Ella misma rebosaba exaltación y éxtasis por todos los poros de su ingrávido cuerpo.
La dopamina en su sistema nervioso era anormalmente elevada. Se había convertido en una adicta a la felicidad. Era su droga particular.

Al principio luchó, se resistió, gritó, lloró, se desesperó… Pero cuando todo sucedió, cuando el castillo de naipes se desmoronó y ella se dio cuenta de la gravedad e irreversibilidad de la situación, no se defendió; apagó la luz y se encogió sobre sí misma, agarrándose los pies y emitiendo un quejido sordo y doloroso. Él le sujetó la cara y mirándola a los ojos le dijo: “Tranquila, saldrás de esta, estoy contigo”. Después se fue para no volver.
Los dos siguientes meses fueron un infierno hecho realidad. Adelgazó diez kilos y se cortó el pelo. Se echó mechas rubias y se despertó (los días que se despertó) mirándose al espejo y esperando encontrarse con otra yo diferente. Una yo que no hubiese sido tan feliz.

Demasiada felicidad había sido demasiada.

21 de febrero de 2017

Bailemos de felicidad

Todo infierno pasa y toda paz llega... cuando menos te lo esperas. De repente un día te descubres bailando en mitad del andén mientras escuchas música y esperas a que llegue el tren. Y al fin te reconoces en ese gesto tan alegre, despreocupado y banal... tan... tuyo.
Si algo he aprendido es que, suceda lo que suceda, siempre se puede volver a bailar de felicidad.

13 de septiembre de 2016

Have a nice day

A veces se nos olvida, pero al final todo se reduce a que los peques y los mayores pasemos un muy buen día en el cole: aprendiendo, socializando, creciendo como personas, riendo... Y para todo ello hay que empezar el día con una sonrisa y procurar acabarlo con otra más grande aún; contentos y felices por lo que hemos vivido y hecho hoy.

7 de enero de 2016

Niños por un día

En casa todavía ponemos adornos navideños, postales (hubo dos décadas en las que hasta las escribíamos y mandábamos nosotros. ¡Qué tiempos!), belén, y árbol. También colgamos un adorno en la puerta.

La noche de Reyes colocamos los zapatos (los mejores, más nuevos, y más limpios) debajo del árbol. Encendemos las luces navideñas y llenamos una bandeja de mazapán, turrón, pasas.... y tres vasitos con algo de beber para los Reyes.
Nos vamos a dormir relativamente pronto, y por la noche cada uno se escabulle para hacer de Reyes, de modo que a la mañana siguiente, hay una multitud de regalos (normalmente detallitos o cosas prácticas) que ocupa medio salón (y eso que tenemos un salón emorme).
A eso de las diez siempre estamos todos desayunando roscón en la cocina. Mis hermanos suelen meter prisa a mis padres para que terminen de una vez, porque les gana la impaciencia por reunirnos a todos en el salón y así poder comenzar con el ritual.
Hacemos turnos (a veces por orden de edad, otras por orden de ilusión) y vamos abriendo, de uno en uno, los regalitos. Permanecemos todos expectantes mientras el dueño del nuevo regalo lo desenvuelve, lo admira (o lo mira con un poco de aprensión; pues no siempre acertamos), y disfrutamos del placer de regalar. Muchas veces produce más ilusión que abran un regalo tuyo que recibir tú uno.
La principal norma es no desenvolver el siguiente regalo hasta que la persona anterior ha terminado de abrir y contemplar el suyo. Y así, en familia, entre risas, bromas, y a veces algún que otro enfado, dedicamos la mañana entera.
Solemos emplear una hora en abrir los regalos, y otra más en probarlos, trastear con ellos, ojear los de los demás...
A continuación, mi padre suele poner algún vinilo en el tocadiscos y mis hermanos y yo intentamos adivinar de qué cantante o grupo (siempre de la década de los 80, eso sí) se trata.
Después llegan las pelis, los juegos de mesa, y las gamberradas... Pero eso da para otro relato.

La cuestión es que no sé qué es lo que tiene este día, pero algo de mágico sí hay, pues en casa solemos mostrarnos todos algo más comprensivos y tolerantes. Como si no importase nada más que el aquí y el ahora, y nuestra principal misión fuese sonreir, ser felices, y disfrutar en familia.
Ya véis, por un día somos niños sin necesidad de ocultarlo (y eso que los cinco miembros de la familia estamos ya creciditos...). Visto desde fuera puede resultar hasta ridículo, pero os prometo que los Reyes Magos vienen a mi casa todas las noches del 5 de enero

(Desde bien pequeña he oído a mi abuela hablar de "el calor del hogar". Creo que voy entendiéndolo.)

24 de octubre de 2015

Auroras boreales

Quien piense que la ilusión y la avidez por aprender han muerto, debería ver a niños de 7 años descubriendo las auroras boreales.
Impagables las alegrías y las sonrisas expectantes de quienes quieren descubrir el mundo cada día. Felicidad en las pequeñas-grandes cosas.

11 de junio de 2015

Nostalgia que fue felicidad

Para quien no lo sepa, Facebook  tiene ahora una nueva opción consistente en "memories to look back on today", rememorando eventos, imágenes, comentarios... de años pasados. No es extraño que esta revisión de recuerdos nos provoque nostalgia.
El otro día, casualmente, estuve hablando sobre la nostalgia con una persona que acababa de conocer pero que parecía conocerme de toda la vida, y compartió conmigo una frase de Tamaro que yo ya había olvidado: "No comprende que, para ponerse en camino, es necesario tener nostalgia de algo."
La nostalgia indica que hemos vivido y disfrutado, significa que hay algo que se echa de menos porque una vez hubo algo lo suficientemente bueno como para ocupar un espacio.
Tal y como el gran Sabina canta: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás existió". Esa es la única nostalgia que hay que evitar, la de lo no vivido. La otra, la de lo vivido, ha de perdurar, pues procede de los momentos felices.
Habrá quien no lo entienda, pero yo quiero (e intento) vivir cada instante de tal manera que su recuerdo me produzca nostalgia.

2 de junio de 2015

Infancia bajo presión

No sé qué clase de sociedad y educación estamos construyendo para que una niña de 8 añitos lo pase mal agobiada y estresada por la cantidad de exámenes que tiene la semana que viene (6 exámenes de los cuales la mitad son en su segunda lengua, es decir, Inglés). Está preocupada por sacar muy buenas notas en todas las asiganturas y la presión ha podido con ella. El problema es que no debería estar sometida a esa presión.
Estoy segura de que conseguirá esas notas (meros números, al fin y al cabo) estupendas que se esperan de ella, pero no es ese el tema. El tema es que estamos creando una sociedad en la que muchos niños viven en una atmósfera asfixiante llena de exigencias donde la motivación intrínseca escasea y la extrínseca es errónea.

10 de febrero de 2015

Cinco años o cincuenta

Cinco años. Hoy se cumplen cinco años de la muerte de Ángel.
Sé que los aniversarios no significan nada. Pero son cinco años sin él y me cuesta hacerme a la idea de que ha pasado tanto tiempo y seguirá pasándolo. Esto es para siempre. Ángel no va a volver.
Nunca he sabido lidiar con la ausencia. Cuando alguien a quien quieres y que forma parte de tu vida, se marcha de improvisto, deja un hueco muy grande.
El tiempo ayuda a distanciarse del dolor. Pero el vacío siempre queda ahí. No sólo pierdes a tu persona, también pierdes todas las partes de ti que la entregaste, y todos los momentos que no podréis vivir juntos.
Nadie es imprescindible, pero nadie es reemplazable. La ausencia permanecerá inmutable ya pasen 5 años o 50.
No queda otra que aprender a convivir con esa sensación de vacío que producen las pérdidas.

21 de enero de 2015

Baile libertario

Ha sido esta tarde. Creo que eran las ocho, pero quizás eran las siete. En realidad podría haber sucedido a cualquier hora de cualquier día. El tiempo es tan relativo y, hasta cierto punto, irrelevante…

Tenía los codos apoyados sobre el escritorio y las manos sujetando mi cabeza mientras mi mirada se dirigía a los apuntes extendidos por toda la habitación. Se escuchaba, de fondo, una lista de canciones reproducidas desde el ordenador. Mi mente, agotada y abotargada tras un día de pensamientos estériles, divagaba a sus anchas. La ventana, abierta, permitía que entrase un viento invernal que mi cabeza acogía con sumo gusto, aliviada por la analgesia que produce el frio.

Estaba, pues, absorta en mis desvaríos, cuando de pronto ha sonado una canción notablemente diferente al resto. Las anteriores eran tranquilas, tirando a melancólicas, mientras que la melodía de esta canción desprendía alegría y vitalidad. Mi cuerpo se ha levantado de la silla y, como si se tratase de un reflejo natural, ha empezado a moverse al son de la música. Primero suavemente: los hombros y brazos balanceándose, las caderas rotando interna y externamente, los tobillos preparados para saltar. Y a continuación, ese impulso, esa llamada de lo salvaje que surge cuando el ritmo musical aumenta y ya no hay cielo ni infierno capaz de contener la pasión desbordante y la honda intensidad. Se trata de una despreocupación total y absoluta que induce a olvidarse de todo. Una vorágine corporal en la que no existe nada más allá de ese instante. No hay nada más importante que vivir ese momento, permitir que el cuerpo haga de las suyas y la mente se deje llevar por el baile desbocado.

Ha terminado la canción y me he acercado rápidamente al ordenador para buscar otra que mantuviese el nivel de intensidad y motivación. Una que no hiciese disminuir tal éxtasis y me permitiese seguir con el baile libertario. Llevaba ya unos quince minutos así y mi enajenación empezaba a ser ciertamente alarmante, cuando he mirado distraídamente a través de la ventana y me he topado con unos ojos fijos en mí. Desde la terraza de enfrente me observaba un chico. He sufrido un “tierra, trágame” muy potente. Estaba recuperando la compostura y a punto de cerrar la ventana y bajar la persiana, cuando he oído que el chico decía algo. Me pedía que siguiese bailando, que no parase por su culpa, porque la felicidad que desprendía era contagiosa y daban ganas de unirse. Los que me conoceréis sabréis que me he sonrojado y casi muero de vergüenza. Pero no era vergüenza por mis espasmódicos bailes, y tampoco por el piropo. La culpable de mi sonrojo era esa sensación de intromisión externa. Lo que creía secreto y ajeno a cualquier juicio externo, había dejado de serlo.

Somos nada más y nada menos que la forma en la que bailamos, suspiramos, actuamos... cuando no hay nadie delante (o no somos conscientes de que lo hay). Es entonces cuando mostramos el yo más profundo y visceral; el yo más pleno y libre.

Sería absurdo preguntarse por qué no se baila así en las discotecas o los bares (obviando el problema de los gustos musicales, que ese es ya otro cantar). La mayoría de la gente solemos bailar (y vivir, que al fin y al cabo es lo mismo) conteniéndonos. Esa reticencia a mostrarse, a exponerse, ese miedo a ser juzgado… nos tiene atemorizados. Y todos sabemos que no, no hablo de bailar. Hablo de vivir, de sentirse eterno, de “me va la vida” en esto que estoy haciendo.
Asumámoslo, a menudo vivimos perseguidos por el miedo,el cual nos convierte en prisioneros de nosotros mismos. Y sólo aquel que no tiene miedo puede alcanzar la libertad en plenitud y por tanto ser (siempre) uno mismo en estado puro.

5 de enero de 2015

Ups and downs

When you live passionately, you experience all the ups and downs. The thing is: when you are up, you are high above the clouds, and when you are low, you are way down there in the pit of despair. Perhaps a middle ground would be the best. It seems logical, but... is this the way to go? I mean, I know successful people live this way as well, and I have lived like this at certain points in my life (I guess I sometimes get exhausted of that up and down wave). But I have learned a lot living in the wave, I have created many rich experiences and opportunities that others thought did not exist. There is no other way for me to live.